domingo, 26 de febrero de 2012

atizador

A veces pienso que la vida es lo que me pasa en los breves intervalos que me deja la lectura. A veces pienso que mi vida es mi lectura y el resto, sólo un compás de espera, el tamborilear de los dedos sobre la mesa mientras espero el libro nuevo, viejo, el mejor libro de todos: el próximo.
No sé cómo suele el resto dividir el tiempo cuando ordena su biografía. Hablo de la división que cuenta, de la importante, no la de horas, días y meses; hablo de la división interna. Hay gente que ordena los sucesos por domicilio, por ejemplo: “me acuerdo, eso fue antes de mudarme al departamento de la calle Pacheco, todavía vivía en Lugones”. Otra gente lo organiza por compañía: “Cuando pasó eso yo estaba saliendo con Gonzalo, me acuerdo”. Hay gente, también, que lo mide por trabajos: “Fue antes de que entre a trabajar a la empresa, todavía laburaba con mi viejo”. Todos medimos el tiempo de una forma personal, usamos una unidad íntima y de acuerdo a ella ordenamos nuestra historia para hacerla (fin último de toda historia y, me temo, de todo en este mundo) algo narrable.
Mi vida se cuenta en libros.
Sé cuándo decidí dejar la carrera de historia porque estaba leyendo El innombrable de Beckett.
Sé cuándo decidí irme a vivir sola porque estaba leyendo La música del azar, de Auster.
Sé cuándo quise escribir una novela porque estaba leyendo El llano en llamas, de Rulfo (creo, de hecho, poder marcar la página).
El método funciona para los grandes hitos de la vida, sí, pero también para los más pequeños: sé cuándo tuve la última patada al hígado porque estaba leyendo Los jardines de Kensington de Fresán, por ejemplo. (y bajo ningún punto de vista asocio una cosa con la otra, aclaro).
Mi vida se cuenta en libros y a veces no sé si, en realidad, no estaré forzando el verdadero significado de las palabras cuando escribo “vida” y “libros” así, separadamente.

Más adelante, quizás, encuentre explicación este verano de 1990 que traigo a colación, con la casa de veraneo demasiado chica para la familia numerosa. La vacación que pasé leyendo mi primer libro de Agatha Christie (uno cuyo título no diré por razones obvias), y peleándome con mis hermanos por todo lo imaginable. La vacación que recuerdo por la lenta y esforzada lectura que le demandaba el libro a mis diez años que se empantanaban fácil, todavía, con todo aquello que no tuviera dibujos acompañando. La vacación que culmina, en mi memoria, en una pelea con mi hermana Cecilia por algún estúpido motivo que no sería, seguramente, más que un disfraz del hacinamiento. Una pelea que mi hermana decidió terminar con una frase que hasta el día de hoy me duele: señalando con el dedo índice el libro, esas doscientas páginas leídas hasta el momento que se habían llevado mi sangre, mi sudor y mis lágrimas, me dijo, a manera de venganza:

“Fue Jane. Lo mató con el atizador de la chimenea”.

Poco importó que yo no supiera qué es un atizador, y que la Yein que ella pronunciaba no fuese para mí identificable con la Jane, literal, de la que yo ya venía sospechando. Se me desmoronó la lectura y, en la versión narrable de mi historia que caprichosamente elijo, se terminaron con ese gesto mis vacaciones del año 1990.
El mismo gesto, juraría que el mismo índice señalando fue hoy el que me dejó Osvaldo antes de irse.

Osvaldo es un hombre encantador, aclaro, para que no se piense que el ademán trágico que me regaló es producto de su mala voluntad. Un hombre de unos cincuenta años que a menudo viene a la farmacia y con quien siempre, invariablemente, me quedo hablando de esa forma de periodización del tiempo que ambos compartimos: libros. Osvaldo ha leído muchísimo, mucha literatura rusa, alemana, libros de los que me encanta escucharlo hablar, quizás porque me cuesta leerlos, porque me empantano a veces, como me empantanaba, cuando intento su lectura. La desgracia (y los años de desatención) hicieron que la diabetes de Osvaldo lo dejara ciego hace algún tiempo. Y esa ceguera fue para él un castigo: no más libros o, al menos, no más la maravillosa, privada e irreemplazable sensación de leer, de pasar la vista por el texto y creer, por lo que dure el embrujo, que hay un sentido en la vida, al menos, que es decodificable. Leer es una conquista y Osvaldo vivió la ceguera como quien pierde la guerra y, para siempre, todo el territorio al que alguna vez llamó patria.
Como si no hubiese perdido, viene y me dice que Pushkin, que Gorki, que Tolstoi, que Mann. Y yo lo escucho como si fuera los dibujos que me salvan de caer en las arenas movedizas del texto, y pienso que es un hombre encantador y que si me fuera concedido el poder mágico en el que su literatura rara vez cree, le devolvería el don de la vista, nomás, para verlo leer.

Pero Osvaldo entró a la farmacia un día, un día en el que la noticia era una amputación segura y un destino en silla de ruedas. Y no quiso hablar de libros. Por supuesto. No quiso más que el horror mudo que se le escapaba de la boca demasiado abierta. Ensayé un consuelo, como siempre hago, más por tic que por razonamiento y le dije que Susana, su mujer, le dije que Anahí, su hija. Como el alarido seguía ahí, muy silencioso, me desesperé y pensé en escapar por la literaria, que es por donde suelo escaparme de todos lados, por otra parte. Y ahí, después de mi torpe, torpísima de torpeza absoluta alusión a los libros, él decidió terminar la conversación con una frase que hasta el día de hoy me duele, y mientras salía de la farmacia a tientas y con paso torpe, me dijo:

“Para lo que me han servido”.

“Para lo que me han servido”, y podría jurar que vi a su dedo índice señalando las doscientas hojas que –sangre, sudor y lágrimas- eran hasta el momento mi vida.


A veces pienso que “vida” y “libros” no son la misma palabra. Sin embargo podría jurar que: “Fue Jane. Lo mató con el atizador de la chimenea” y “Para lo que me han servido” son expresiones, en todo, absoluta y completamente idénticas.

lunes, 19 de diciembre de 2011

secreto

Que me cuenten un secreto es, para mí, una cárcel que otro me impone, en general, en virtud de sus propias faltas o delitos.
Pocas cosas me resultan menos halagüeñas y más atemorizadoras que esas graves confesiones que suelen estar encabezadas por frases como: “que no salga de acá”, “esto entre nosotros”, “te pido, eso sí, absoluta reserva”, “por favor, discreción sobre esto”, y las otras miles con las que la oralidad camufla el chisme. (y en la increíble variedad de estas expresiones que contabilizo y de las que acabo de mencionar tan sólo una muestra, leo la inacabable pasión que despierta en el ser humano el decir lo que, por naturaleza, no debería ser dicho).
Efectivamente, cuando alguien empieza a decirme que lo que me dicen no debo repetirlo, además de empezar a putear internamente por lo que me parece una decisión profundamente injusta, se prende en mí un cartel de alerta; porque para aquellos que tenemos una memoria lábil y selectiva como es la mía, contarnos un secreto es hacernos una doble exigencia, es exigirnos que recordemos el contenido –casi siempre polémico- de lo que se nos cuenta y demandarnos, además, que recordemos el significativísimo detalle de que no debemos repetir a los cuatro vientos (ni a uno solo, en realidad) eso que, por su misma naturaleza polémica llama, invita y nos emplaza a compartirlo, a comunicarlo, a discutirlo.
En definitiva, me molesta que me cuenten un secreto porque me cuesta espantosamente conservarlo y, en general, nadie me pregunta a priori si estoy dispuesta a realizar ese descomunal esfuerzo. Por lo general, entonces, fallo, como fallo casi siempre que algo me exige un descomunal esfuerzo. Y esto, que es una triste advertencia para mis conocidos y no tanto, es también una invitación a la reflexión, tanto para los emisores de secretos como para los receptores: ¿qué buscamos diciendo lo que decimos?, ¿cuánto queremos, sinceramente, que esa noticia no circule? y, por qué no, una más personal: ¿debemos imponerle a la comerciante barrial, digamos, la chica que atiende en la farmacia, por ejemplo, el pesado grillete de eso que estamos por contarle?, ¿lo amerita?, ¿tiene vinculación alguna con el rol que ella desempeña en nuestra vida o lo hacemos simplemente para soltar el lastre que alguien, a lo mejor, nos endilgó a su vez? ¿Estamos repitiendo con ella ese gesto mecánico de quien descarta un cadáver flojo de papeles en un descampado solitario para que, a lo mejor no, a lo mejor sí –ese ya no es nuestro problema- nadie lo encuentre?
Estas preguntas, todas, son las que circulan enloquecidas por mi mente, rebotando contra sus paredes acolchonadas cada vez que uno de esos desconocidos mentirosos que suelen ser los clientes frecuentes (condición ambigua, si las hay) decide soltar la bolsa de contenido dudoso sobre el mostrador de nuestra conversación, hasta ese momento regulada estrictamente por frases hechas.
Entonces el encabezado, el “te lo digo porque estamos en confianza”, el “eso sí, de esto que te voy a decir, ni una palabra a nadie”, o el “una tumba, con esto, por favor”.
Y el compromiso de recordar, de no decir; de retener y de callar.
Así tuve que no repetir, por ejemplo:
Que cuando el vecino de al lado, el del sexto piso viene y compra dos ejemplares del mismo perfume o el mismo par de aros, uno es para su mujer, y el otro para su novia. Y que esa mecánica le resulta muy útil, “para evitar confusiones”.
Que cuando el Arquitecto (así se presenta él, como si fuera el único) llama para encargar su pastilla especial para tratar la disfunción eréctil no debemos, bajo ningún punto de vista, enviársela a través de su esposa, que viene casi a diario. No debemos ni mencionar la existencia del encargo cuyos efectos, sospecho, no la tienen por destinataria.
No debo, ni por casualidad, decirle a la madre de la hija adolescente que la nena toma pastillas anticonceptivas; ni debo decirle a la hija que la madre tiene un novio con el que usa preservativos.
No debo decirle a otro padre que su hijo también toma antidepresivos, para no agigantar su propia depresión.
No debo decirle al marido que su mujer ya no se cuida, y que cambió la pastilla por el test de ovulación.
No debo decir tantas cosas, tantas cosas que siempre estoy al borde de olvidarme, que muchas veces pienso que más me valdría no emitir sonido alguno cuando hace su entrada un cliente. O que más les valdría a ellos ser sordomudos y casi ciegos como mi intrigante pero tranquilizador cliente del maletín.

Una vez estuve a punto de pisar el palito, una vez estuve a segundos de explotar, estuve a segundos de mandar uno de esos compromisos que nunca pedí bien mandado a la mierda.

Evelyn es jovencísima, ella y su madre (quien me pidió por favor que no divulgue la certera suposición de que a su hermano lo envenenaron) vienen seguido a la farmacia desde hace ya mucho. Digamos que cuando conocí a Evelyn era poco más que una nena, tomaba ibuprofeno en jarabe, todavía; así que me sorprendí enormemente el día que vino y me dijo, en tren de confesiones (ouch), que tenía un problemón, que el novio, su primer novio le había contagiado un HPV que le había agarrado con increíble virulencia, que por favor no le contara a la madre, que ella estaba yendo a un médico, se estaba haciendo un tratamiento costosísimo y dolorosísimo por igual. Me lamenté, por ella, por el HPV, por el tratamiento, y por el tiempo que llevo trabajando en la farmacia, que había pasado tan rápido como para que la pobre Evelyn saltara del antibiótico en suspensión a este mal trago sin que yo me diera por enterada del cambio. Recordé no mencionarle a su madre (a nadie, en realidad) este asunto y me limité a preguntarle discretamente si estaba mejor cada vez que venía sola a la farmacia.
El tiempo pasaba, sin embargo, y no había mucha mejoría para Evelyn, que un día me dijo –entre nos (ay)- que el problema era que el novio no quería someterse a la parte que le tocaba del tratamiento, que prefería seguir teniendo HPV; por esas cosas que tienen algunos hombres con su genitalidad, se negaba sistemáticamente a cualquier cuestión que obrase por la zona, no se sabe si asustado por la imaginaria posibilidad de que un tratamiento le genere la disfunción del arquitecto o por qué oscuro capricho. Para Evelyn, parece, la disyuntiva era cruel: o sanarse o seguir garchando con ese novio que empezaba a parecerme la mezcla insoportable e hiperhabitual de pelotudo y reverendo hijo de puta. No le dije, sin embargo, mi sincera opinión (y, por primera vez en este texto, no callé obedeciendo la orden o el pedido de nadie más, sino el mío propio, quizás ahora ya calle por reflejo condicionado) y me limité a condolerme de su penosa opción.
Pero a la cotidianeidad molesta del trabajo tiende a ponerme contra las cuerdas (económicas, morales, de mi paciencia) y por eso a todo este asunto le siguió aquel invierno que va a pasar a los anales del estudio de la paranoia como el invierno de la gripe porcina. Y los ánimos exaltados pusieron a muchos imbéciles los pelos de punta y a muchos, también, los puso en la farmacia. Fue este el caso del novio de Evelyn que un día entró como una tromba, arrastrando a su novia de la mano y me preguntó si teníamos barbijos -por esos días, el entelado y sacrosanto grial del estúpido-. No me sorprendió comprobar que, físicamente, era exactamente como lo había imaginado. Le contesté con la misma fingida calma que a todo el resto de los imbéciles que no, que no tenía y justo cuando estaba por empezar a explicar que, por otro lado, el barbijo no tenía sentido salvo que él fuese, por ejemplo, un trasplantado (y el trasplante de cerebro le hubiese venido bien), él arrancó a los gritos con una invectiva que provocó que, al terminar, no me sorprendiera comprobar que, mentalmente, era exactamente como lo había imaginado. El contenido de los gritos se resume, básicamente, en que todo esto era culpa del gobierno (¿?), que cómo podía ser que si él quería comprar barbijos para protegerse de tan peligrosa peste, el gobierno no le garantizase poder hacerlo. Que qué tenía que hacer él, ¿eh?, ¿ir al hospital público para obtenerlos? Porque a los negros sí que se los daban, los barbijos. El gobierno no nos cuidaba, no señor. Si era por el gobierno, que nos muriéramos todos, bien muertos.

Después de treinta segundos de soportar cómo la sangre iba toda hacia mi cabeza y de sentir que iba a explotar, literalmente, si no decía las dos palabras clave; después de medio minuto de feroz resistencia interior, el gen judeocristiano occidental logró imponerse y pude reprimirme, pude reprimirme como el dios de la biblia y el talmud mandan y logré evitar el “justo vos” que todavía hoy me atraganta.

Todavía hoy, que escribo esto con ningún objeto, todavía hoy que vuelvo a comprobar que la literatura no hace ninguna otra cosa más que repetir un gesto: tirar en un anónimo terreno baldío el cuerpo muerto del texto.

Sí, definitivamente, un secreto es una cárcel de la que a veces dan ganas de salir con la connivencia del comisario o del director de la penitenciaría, matar o robar, hacer un buen estrago ahí afuera y volver a entrar a la celda, solo, tranquilito, a seguir preso, nomás.

jueves, 17 de noviembre de 2011

canibale

Si hay algo que creo me caracteriza es la lentitud con la que atravieso por algunos procesos, cosas que a algunos les toman minutos aprender a mí me llevan meses, cuando no años. No sé exactamente cuál es la verdad oculta tras esta demora, no sé si es mi inoperancia o mi férrea e indoblegable tendencia a la negativa, quizás incluso sea la lamentable combinación de ambas cuestiones. Por eso no llama la atención que en la lógica de mi biografía yo haya descubierto las distintas edades del ser humano muy tardíamente. Me explico: descubrí a los niños recién cuando fui tía, cómo hice para llegar a cumplir los quince años sin reparar jamás en la existencia del submundo infantil, es una pregunta para la que no tengo respuesta; pero lo cierto es que en mi absoluta ignorancia muy pronto yo misma dejé de ser niña muy tempranamente, quizás por el natural apuro que implica tener hermanos mucho mayores, o quizás por ser naturalmente agrandada. Pero el tema es que no fue hasta que nació (y empezó a crecer) Lara que yo comprendí que un niño no era un demente en miniatura (algo así como los locos bajitos de Serrat pero considerablemente más siniestros) sino alguien con sus especificidades, especificidades que con el tiempo aprendería a preferir respecto de las del resto de la gente.
De la misma manera (o por lo menos, de forma parecida) me pasó con los viejos; yo conocía a muchos viejos porque mi familia está llena (cada vez menos, igual) de ellos, pero creo que siempre pensé que eran algo así como un adulto gastado, como un auto antiguo y con muchos kilómetros al que el service le queda cada vez más corto, y si antes tiraba cinco mil kilómetros, ahora tira mil, y mañana quinientos y a lo mejor te deja en la Panamericana.
El hito que cambió mi perspectiva sobre ellos, en esta oportunidad, fue el trabajo en la farmacia. Porque es cierto que a veces reniego de ellos, que muchos son insoportables y otros son lisa y llanamente malos (igual que pasa con los chicos, por otra parte) pero no fue sino hasta que empecé a trabajar en la farmacia (o alguuuun tiempo después, de acuerdo a mis habituales tiempos retardados) que logré entender algo de las particularidades del ser viejo. Sé algunas pocas cosas sobre la ancianidad, sí, y aprendí a tratar con los viejos gracias a pequeños tópicos que manejo con cuidado, delicadamente, como si fueran un objeto de un vidrio muy muy fino.
De todas las cosas propias de los viejos que aprendí a ponderar en su justa medida, mi favorita es la caída. Porque a partir de determinado momento en la vida de las personas, caerse es muchísimo más que acceder a la voluntad de la fuerza de gravedad, muchísimo más también que dar con los huesos contra el piso. Caerse no es ni siquiera algo que ocurra en el momento en el que sucede, porque caerse es todo el tiempo. Lo primero que aprendí sobre los viejos es que la caída no es un evento, ni siquiera es una circunstancia, no es un peligro ni sus consecuencias, la caída es un estilo de vida.
Todavía recuerdo el momento en el logré por fin entender el concepto, como uno recuerda para siempre las condiciones en las que se produjeron ciertos (grandes) descubrimientos: Amelia me hablaba seriamente, con sus grandes ojos claros bien abiertos, me hablaba de los riesgos que traía aparejada su excursión (casi) diaria a la farmacia, las baldosas rotas de la puerta del edificio, el cordón de la vereda irregular, los chicos que vuelven del colegio a la carrera, los adultos que van tan preocupados que ni se fijan, la portera de acá al lado que baldea cuando quiere, todo un mapa plagado de señales de alerta que a uno quizás le pasan desapercibidas, como escrito con tinta de limón, un plano alarmista que requiere la decodificación de un fuego que, intuí, sólo nos es dado con los años.
“Qué trabajo es ser viejo”, recuerdo haber pensado mientras me entretenía imaginando a Amelia como el gaucho baqueano de Sarmiento, conociendo palmo a palmo, topografía perfecta, la manzana que hay entre su casa y la farmacia. Pero era mucho más que eso lo que quería decirme Amelia esa tarde, era mucho más y, si bien soy lenta, si bien a veces demoro más de lo recomendable en entender cabalmente lo que me están diciendo, lo cierto es también que siempre cedo ante la insistencia, y fue la insistencia de sus ojos la que me hizo comprender, por fin, qué quería decir cuando decía la más temida de todas, la palabra “caída”, porque finalmente entendí que eso que yo estaba interpretando como un fenómeno correspondiente al mundo de lo físico, era en realidad una categoría más cercana a lo moral. Por fin comprendí que Amelia (y con Amelia el resto de los viejos) no estaba apelando a mi capacidad de imaginar un accidente en el orden de lo material, sino que estaba interpelando a mi capacidad para la épica.
Tengo que aclararlo: la épica es mi mundo o, mejor dicho, el mundo que a mí me interesa es el mundo visto desde una perspectiva épica; y no me refiero con esto a que necesite yo de los grandes relatos, las grandes gestas, no, yo creo que hay una épica en el mundo cotidiano, una épica doméstica, si se quiere, y es esa dimensión la que me interesa explorar, es ese el terreno en el que vivo.
Así que yo sabía qué era lo que me querían decir los ojos de Amelia, y lo sabía exactamente. Ese mismo día entendí que para los viejos la caída, que no es sólo una categoría del mundo material, es algo homologable a lo que yo, en mi habla plagada de épica doméstica, llamo derrumbe.
Amelia estudiaba la calle porque tenía miedo de que el edificio endeble en el que se había convertido, simplemente, se derrumbase.
La entendí. Lo entiendo. Y a partir de ese momento tuve en muy alta estima todas las conversaciones en las que el gran tema era la caída: cómo evitarla, cómo subsanarla, miles de relatos pormenorizados que interpreto e interpreté como la narración de la épica diaria, con la emoción calculadora de quien ve a otro haciendo la relación de daños de su gesta particular. El respeto.

Toda esta larga parrafada es, como suele ser cuando soy yo la que está hablando, sólo un prólogo a la historia que quiero contar hoy, y tendría que ver si esta exagerada tendencia al prolegómeno no es un disfraz de mi lentitud inveterada.

Hoy quiero contar la historia de Carnevale, un viejito sin estridencias que viene a veces a comprar, un viejito relativamente simpático, relativamente tranquilo, relativamente tacaño, que no levantaría la cabeza por sobre la irrelevancia del resto si no fuera por dos detalles; el primero es el tiempo que hace que lo conozco, como la gota que horada la piedra nadie puede pasar desapercibido por casi diez años en continuado, o a lo mejor sí, pero esa sería una particularidad, un detalle curioso y Carnevale no los tiene. El otro detalle que lo singulariza es que tiene que caminar usando un andador, y ese tipo de artefactos en la lógica bautismal del comercio acaban por metonímicamente reemplazar a todo el personaje, y así Carnevale en realidad era conocido en general como Andador, de la misma manera en la que están Ojo de Vidrio, Parkinson y Labio Leporino, entre otros. En otras condiciones, más felices, sería algo llamativo que yo trajese a colación a Carnevale, su monocromía no tiene la virtud de destacarlo de un fondo plagado de ancianos que vienen desde hace años y que, incluso, requieren de algún tipo de ortopedia para asegurar su traslado. Pero el tema es que las condiciones a veces no son felices y este es un flagrante ejemplo de ello.
Apenas hace algunas semanas alguien entró por la tarde trayendo la pésima nueva: Carnevale había muerto. Los ancianos clientes regulares se mueren regularmente en la farmacia, y ese axioma se cumple tan a rajatabla que termina por no causar excesivos pesares o sorpresas, seamos sinceros. Sin embargo, las particularidades de la muerte de Carnevale lo llevaron a destacar de una manera en que no había destacado mientras estuvo imparticularmente vivo. Porque el relato de la portera que baldea cuando se le da la gana era escalofriante: cerca del mediodía, mientras cruzaba las vías con su paso lento, el andador se trabó contra el durmiente, o se rompió o simplemente dejó de cumplir su cometido asistencial y Carnevale cayó. Lo que siguió a eso lo evito ahora como la portera del balde no me lo evitó en su momento. Pero digamos que el tren pasó antes de que nadie pudiera hacer algo para evitarle todo esto a Carnevale.

Una caída. Por supuesto. No tenían ni que decírmelo. Una caída.

Haciendo los rápidos y macabros cálculos forenses que corresponden descubrí que Carnevale volvía desde la farmacia hasta su casa, después de comprarme el medicamento que tomaba habitualmente para su arritmia y el descubrimiento me produjo una zozobra muy fuerte, un mareo. La posibilidad de ser la última persona con la que habló me provocó náuseas, y repasé mi conducta buscando falencias, y la de él buscando presagios, señales. Por supuesto que no había nada, los dos habíamos hecho y dicho maquinalmente lo que hacíamos y decíamos siempre y esa intrascendencia era demasiado, incluso para mi afición vinculada a la épica miniaturizante, no había nada. La náusea me duró un buen rato y después se pasó como estaba destinado a pasarse todo lo vinculado a la existencia de Carnevale.
Se pasó hasta ayer, cuando vino una mujer y pidió hablar conmigo, la que cubría el horario del mediodía. Me acerqué ya con un aire belicoso, dispuesta a discutir por algo de lo que no tenía la menor idea (el empleado de comercio, en general, hace muy bien en ser paranoico) hasta que la mujer me presentó su inquietud: era la hija de Carnevale, “el señor mayor, del andador”, me aclaró, ignorando tanto la tendencia metonímica como la generalización ortopédica que padecen los ancianos del barrio. Me contó los pormenores del accidente que terminó con su padre (pormenores que en mi piedad escritural omito nuevamente) y yo dejé que lo hiciera porque otra de las enseñanzas que me dejó este trabajo es que el único consuelo que hay en la tragedia es la narración, convertirlo en literatura para el oído atento sana, así que soy capaz de escuchar mil veces, de ser necesario, el relato de una muerte y esa es mi forma de dar el pésame. Lo que siguió al detalle puntilloso fue el desconcierto, fue la pregunta, la indagatoria que explicaba su visita: “Mi papá tenía en el bolsillo una receta, ¿había pasado por acá?”. Me apuré a responderle solícita que sí, que yo misma lo había atendido. Y justo cuando esperaba el pedido de los pormenores de la visita, justo cuando creía que me iba a preguntar por los posibles presagios o señales, ella me dijo: “¿Y no sabe si mi papá tenía algo más? ¿Llegó a comprarle el medicamento? Porque cuando lo fuimos a reconocer al hospital no tenía nada, ni plata, ni la billetera, ni los documentos, absolutamente nada más que la receta. Nada. Nada”. Y esa última palabra demoró en entrar en mi oído, remolona se quedó dando vueltas por algún otro lugar del cuerpo.
Nada.
De golpe la entendí, de golpe entendí que de esa palabra, en este momento y para esta mujer, estaba dependiendo todo el tambaleante edificio de su vida. De pronto comprendí que lo que me estaba pidiendo era mucho más que una simple respuesta, me estaba pidiendo un mundo en el que vivir no le provocara mareos, no le diera náuseas.
Nada.
Me estaba pidiendo no caer, no derrumbarse.
Y yo que entiendo de épica, sé del valor que se requiere para caer, y sé del trabajoso coraje que implica, a veces, mantenerse de pie.

Le dije:
“No, vino a averiguar un precio. Me dijo que después volvía a comprar, que ahora estaba sin nada”.

Sin nada.

viernes, 14 de octubre de 2011

bordolino

Y por suerte advertí de este amor mío (y no tan mío) por la repetición, porque quizás deba insistir involuntariamente (voluntariamente) sobre lo ya insistido. Quizás me aboque a mi afición preferida, la reincidencia, cuando cuente lo que necesito contar hoy. Cuando cuente lo que ya conté, pero distinto, pero ligeramente diferente, tal vez. Cuando empiece por contar que Valentino es, sin lugar a dudas, mi cliente favorito, que es muy viejito, bastante endeble y completamente ciego. Que es optimista hasta la exasperación y que es ese optimismo sin mesura, en una de esas, el que lo motiva a usar anteojos con aumento, el aumento más inútil del mundo. En una de esas Valentino piensa que si al don de la vista se le da por volver, más vale estar preparado; no lo culpo.

Copio la lógica reiterativa de Valentino, como él copia la mía, hoy mismo cuando me contó que cuento que, habiendo recientemente perdido la visión, a sus jóvenes veintiséis años, con una promisoria carrera como técnico mecánico por delante y con la capacidad de aprender “esas cosas que saben los ciegos, como el braille”, definitiva y tristemente por detrás, su madre murió, añadiendo tormentas y tormentos a lo ya inundado. Y él quedó solo con un perrito que era toda su alegría, un perrito que a veces es Bobby, y a veces Toby pero que siempre pero siempre se le pierde. El optimismo sin límites tiene un límite bien claro, y si bien se banca que nos quedemos ciegos, si bien se banca que se muera nuestra madre, parece que no se banca que se nos pierda el perro, aunque no recordemos bien cómo se llama, así que Valentino se deprimió. Bobby se perdió y Valentino salió como loco por su querido y topográficamente mnemotecnizado barrio de Villa Real a buscarlo. A veces durante diez días, a veces durante veinte, el hecho es que lo buscó tocando puerta por puerta y no logró dar con él; un par le quisieron meter perro por perro y le dijeron que tenían a Toby y lo hicieron entrar a la casa y le ofrecieron –primero-, lo invitaron –después-, y pretendieron obligarlo -por último- a llevarse a ese pequinés o a ese cusquito tan temido, el que se querían sacar de encima a como diera lugar. Pero Valentino no quería cualquier perro, puede ser que el nombre hoy no lo preocupe demasiado, pero en aquel entonces quería al Toby y sólo al Bobby. Así que siguió buscando. Y siguió buscando hasta que, sin proponérselo, entró a un colegio. El director de ese colegio resultó un tipo sensible y perceptivo, charló con él un rato y le tiró la posta: el problema que usted tiene es que está deprimido, quédese con nosotros un tiempo en el colegio que se va a sentir mejor y, ya que está aprende algunas cosas que le van a servir para la vida. A veces se queda como alumno, a veces se queda ayudando a los docentes y a los chicos, pero el asunto es que se queda.
Los chicos eran todos víctimas y sobrevivientes de la polio, cada uno con su grado de tullidismo, iban a ese lugar donde les enseñaban, además de a leer y a escribir, algún oficio. Los pibes que lo sacaron de la depresión estaban todos peor que él, pero tenían un sentido del humor extraordinario; las anécdotas al respecto rozan el límite del buen gusto, porque incluyen –de acuerdo al día- un muchacho con una pata de palo que jugaba muy bien al fútbol pero que cuando se calentaba porque le cometían una falta se la sacaba la prótesis y le daba de a piernazos al rival; o dos que tenían un pequeño show montado para los incautos (y Valentino lo fue), que empezaba con una discusión que se iba tornando violenta hasta que se armaba un auténtico catch que terminaba con uno de los dos (el que estaba en silla de ruedas) subiéndose las piernas inertes al cuello, trabándolas atrás de su nuca y gritando a viva voz: “Pero ¡mirá lo que me hiciste! ¡Me rompiste!”.
Esos eran los jóvenes amigos de Valentino, y su salida de la depresión se inició ahí nomás, cuando después de que el director lo presentara al resto, uno de ellos le anunció: “¿Qué Valentino ni Valentino? ¿Te la das de actor de Hollywood, vos? ¡De ahora en más vas a ser Bordolino!”. Y con el apodo vino la remontada, una remontada que duró unos años largos.
Largos años le duró la escuela a Valentino, y de esa experiencia tiene infinidad de historias que contar, las historias de los chicos (por usar su expresión más que por precisión cronológica) que iban, de los profesores e incluso del director, que se jubiló en algún momento impreciso, antes de la década del ’60, y murió quince días después, (que a veces son veinte y a veces cinco) porque quizás, sensible y perceptivo como era, notó que no tener nada que hacer, lejos de ser un sueño, puede ser muy una pesadilla.
Alguna vez me contó, por ejemplo, la historia de Juan Carlos, un muchacho adorable que no podía mover la mitad inferior de su cuerpo. Juan Carlos un día apareció con una novia macanudísima, super buena, a veces es linda, a veces, más o menos. Al año, diez meses, año y medio, apareció con esa misma novia, embarazada. El misterio de la concepción es enemigo de todo tipo de pregunta, le pasó a la virgen María, le pasa a cualquiera; así que nadie le preguntó a Juan Carlos cómo es que había sucedido algo así, qué clase de milagro se había obrado.
Pero la historia argentina está plagada de baches y de golpes, en el sentido más literal y brutal de la palabra: de piñas. Y vino un golpe militar, el de Onganía y con él cayeron las medidas políticas y económicas que tanto suelen gustarles a estos sujetos de sacos tan decorados. La dictadura consideró innecesario el colegio al que asistían Valentino, Juan Carlos y otros tantos, una pérdida de dinero y espacio para el Estado, así que lo cerró o, mejor dicho, lo tercerizó: lo trasladó a la casona de una dama más o menos notable de Villa Luro, que se ofreció a cuidar y educar a estos jóvenes por una suma de dinero in-módica que le abonaban mensualmente de buenísima gana sus amigos del ministerio. De más está decir que la experiencia resultó penosa, Valentino me contaba (recontaba) hoy, que la señora en cuestión ataba a los muchachos; le molestaba su andar de acá para allá así que les ataba la silla de ruedas a un radiador, por ejemplo, o a una columna y ahí los dejaba, hasta que se cumpliera su horario escolar, estar atados era todo lo que hacían; se hablaban de columna a columna, o de radiador a radiador, en voz muy baja, para no molestar a la dueña de casa que tenía una cierta tendencia a la irritabilidad.
Además, mire usted, la doña en cuestión tenía la posibilidad de emitir certificados de estudios completos, cosa que hizo a diestra y siniestra, por dinero, por quedar bien, o por lo que fuese. Si hasta la hija de ella, que era un desastre y quería hacerse partera sacó así el título, si la piba no podía ni sumar dos más dos, viera usted, y ahora se da unos aires, unas ínfulas.

Momento, acá interrumpo la historia de Valentino de la misma forma en que lo interrumpí en su momento. No hay que preocuparse por saber más de él, por saber hasta dónde iba a llegar con su relato porque Valentino siempre vuelve, de donde sea, de donde esté, y yo volveré con él.

Lo que me interesa en este caso es ver cómo las historias se entrelazan, y cómo la hija de la dama de Villa Luro es ahora tan dama como su madre; sin saber cuánto es dos más dos se hizo partera y ahora cada tanto entra a la farmacia con un aire de plumas y alfombra roja y rezonga porque yo no la atiendo rápido, porque no le gusta lo que le ofrezco, porque los precios (que evidentemente imagina que yo fijo) son demasiado altos, por todo, en definitiva. Por absolutamente todo rezonga la partera, que una vez me dijo que los jóvenes de ahora (y, en lo que yo bien podría considerar un elogio, me señaló) no saben lo que es el sacrificio, porque cuando ella iba a la escuela tenía que pasarse horas y horas estudiando, y no había ni tiempo de pensar en hacer estupideces como eso de tomar el colegio, qué idea más descabellada. Es-tu-diar, como hizo ella, eso es lo que necesitan estos mocosos. A ver si se les pasa lo burros.

Siempre me interesó la forma en la que se consolidan, se solidifican las versiones que inventamos sobre nosotros mismos, sobre nuestras biografías. ¿En qué momento exacto convertimos en oficial una historia (posible, real o ficticia, no sé qué diferencia hay entre estas palabras) sobre nuestro pasado? ¿Cuándo y cómo tiene lugar esa justicia retrospectiva por la que de golpe fuimos o hicimos (siempre en el pasado) eso que siempre quisimos haber sido o hecho?

Valentino siempre cambia un poco la historia que cuenta y ese asunto me tiene muy sin cuidado; a lo mejor está probando qué versión solidifica, cristaliza mejor. En cualquier caso prefiero sus versiones transitorias antes que la monolítica versión de los hechos que me presenta la partera. A mí y justo a mí, como si yo no supiera que el pasado es materia plástica, maleable, móvil. Como si yo no estuviera ensayando las versiones de mi propia historia cada vez que escribo.

Valentino siempre me pide que escriba su historia. Y reescriba. Y así.

lunes, 5 de septiembre de 2011

inmoral

Creo, considero, estoy segura, afirmo, que buena parte de las repeticiones que en la vida se producen con una cíclica asiduidad son saludables, deseables, necesarias. Lejos está de mi voluntad la alabanza inmotivada de la novedad; la novedad no despierta en mí demasiado interés. Es la reiteración la que me resulta curiosa, la aparición de un mismo elemento, de una misma secuencia: el patrón. La novedad es vecina de la noticia, vive, en ese concubinato que es la sinonimia, pegada a uno de mis enemigos más antiguos: la originalidad. No pienso extenderme ahora en esa mentira ontológica, en esa quimera perniciosa que es el concepto de originalidad, ni siquiera emprenderé una de mis atronadoras invectivas contra la caterva de tramposos que la sostienen como bandera, no. Hoy, y sólo por hoy, el lema será vivir y dejar vivir; incluso a las palabras. O a los conceptos nocivos.
Estaba con las repeticiones, las cosas que suceden una y otra vez para mi deleite, para que yo desmenuce, con paciencia quirúrgica, el juego de similitudes y sutilísimas diferencias que se despliega ante mis ojos toda vez que me enfrento a la misma situación ya que atestigüé o protagonicé antes, que sostengo la misma conversación que ya sostuve, la misma discusión. Mi amiga Analía es, además de una extraordinaria poeta, una maravillosa conversadora; con ella siempre resulta fácil pasar de los temas mundanos de conversación (que muchas veces no me importan), a esas cuestiones de las que no me canso nunca, ni siquiera cuando ya estoy cansada de hablar de eso. Con ella sostengo cada tanto una discusión que me encanta; cada tanto, también, ensayamos nuevas argumentaciones sobre ese mismo tema y ella y yo traemos a la palestra nuevos ejemplos que estuvimos pensando, que estamos seguras, esta vez son capaces de convencer a la otra de que nuestra posición es la correcta. A veces creo que tenemos esta discusión incluso cuando no estamos juntas, o cuando estamos hablando de cualquier otra cosa, como si la polémica y nosotras fuésemos los verdaderos únicos dos bandos diferenciados. A veces, me parece, polemizo con ella mientras pienso en otras cuestiones y esa -de eso sí estoy segura- me parece una hermosa forma de amistad.
El tema de la polémica no es demasiado interesante, no es rimbombante como pueden ser la pena de muerte, el aborto o la legalización de las drogas; no discutimos sobre esas cosas, principalmente, porque en general estamos de acuerdo (no, sí, sí, son las escuetas respuestas, en ese preciso orden). No, con Analía discutimos sobre literatura. El problema lo originó el formato de la crónica, a Analía le encanta la crónica en la misma medida en que la enoja, o la conflictúa; ella dice que la crónica es, muchas veces, una forma de enmascarar un aprovechamiento; que cuando un cronista narra un suceso que tiene a otro por protagonista está, básicamente, abusando de la buena fe y de la buena voluntad del otro para hacer literatura que es –y en esto estamos de acuerdo- una forma privilegiada de embuste. Aparece, de vez en cuando en el discurso de mi amiga, un elemento interesante: ella dice que cuando un cronista toma por objeto de sus disquisiciones a un individuo pobre, y hace de él y de su paupérrima condición, literatura (que además de embuste, es una forma de comercio, sea o no mediatizada por el dinero), el cronista copia, reproduce la lógica infame de opresor-oprimido, es decir, duplica el peso de la bota que tiene aprisionado contra el piso al cuello del sujeto en cuestión. Nada más y nada menos. Y entonces se enoja con la crónica y putea a medida que la lee.
Yo le digo, también entonces y aprovechando el furioso recogimiento que requiere toda puteada, que eso es y no es así. Que es cierto que la literatura no es liberación para nadie, y que el cronicado (por ponerle un nombre) está siendo objeto de una doble explotación; pero que el cronicado y ella se equivocan si pretenden que la literatura, ese sucio trabajo de escribir, sea una forma que justicia. Pocas cosas son menos justas que la letra escrita y pocos sinsentidos hay más grandes que la expresión “justicia-poética”. Y, acto seguido y casi sin tomar aire, le agrego algo así (las expresiones de una y otra parte varían ligeramente cada vez, y en esa variación anida el centro del centro del gozo de mi entretenimiento): hay, por lo demás, un género de literatura que, fracasando como se fracasa siempre que alguien busca ser la justicia, opta por erigirse en el lugar de la justicia, reemplazándola, y desde allí condena y absuelve indistintamente, sentencias que no acata nadie. Esa literatura a mí no me interesa. A mí el arco literario que me gusta es el que va desde la inmoralidad hasta el crimen, pasando, por supuesto, por delitos varios. Y cuando digo ‘inmoralidad’ no me refiero al sexo, que para mí no es una categoría moral, de la misma forma que cuando digo ‘crimen’, no pienso en un asesinato, o al menos no en uno literal. Ambas para mí son categorías de lo siniestro, y es ese movimiento, el del dedo oprimiendo dichosamente la llaga, el que me interesa, ya sea leer o contar.
Las discusiones casi siempre, en este punto, se pierden en ejemplos, nos tiramos por la cabeza con autores, y ella dice Lemebel, y yo digo Poniatowska, y nos peleamos por Walsh. Un mar de gente volando por el techo del cuarto hasta que llega la política o el amor, o el previsible juntarse de ambas categorías y la polémica tiene que irse a otro lado, seguramente resentida por el abandono, se va, a seguir su curso independientemente de nuestra diletante e inconstante voluntad.

Hoy sigo la discusión por este medio, aun a sabiendas de que ella seguramente se moleste por no poder opinar; hoy sigo la discusión pensando en mí, que escribo esto, que si fuese algo, quizás, sería una crónica. Hoy sigo esta discusión, también, mientras pienso en Brunilda. Brunilda la buena, la asistente social retirada. Brunilda la tía que todos querríamos, la que les lleva regalos hasta a las cajeras del banco, para la que todos somos divinos y hermosos y talentosos y geniales en lo que hacemos. Brunilda, la que adoptó dos hermanos huérfanos en los sesenta, la misma que colabora en una fundación que busca conseguirles medicamentos a aquellos que no pueden comprarlos.
Brunilda es la persona más buena de todas las que yo conozco (con esa bondad, a mis ojos, no tan meritoria, la que tienen los que son buenos porque lo malo no los asalta como una necesidad, no los aqueja como una enfermedad, no los embosca).
Y es también, la más confiada.
Desde que la conozco, hace ya varios años, le han pasado algunas cosas bastante singulares: una vez le desvalijaron la casa; después se supo que ella se había olvidado las llaves en un bar y el mozo, un chico divino, maravilloso al que cómo no le voy a dar mi dirección, se llevó los dólares de la venta de un terreno en Entre Ríos, los trajes del hermano muerto y un teléfono inalámbrico (la selección es rara, lo sé), antes de desaparecer para siempre del bar al que Brunilda siguió yendo religiosamente, para conocer a otro mozo, igual de divino y maravilloso que el anterior e, intuyo, igual de confiable como para decirle en qué piso y en qué departamento del edificio de al lado vive.
Otra vez la sobrina (o algo así, porque en realidad era ahijada adoptiva), después de una noche (una vida) signada por el exceso de líquidos, sólidos y gaseosos, fue encontrada por el portero del edificio en el que vive su ¿tía? mientras subía a la terraza; creyéndola confundida por lo temprano de la hora, el encargado la guió hasta el departamento de mi clienta para comprobar poco tiempo después que la joven (no tan joven ya) no estaba confundida, se dirigía a la terraza porque era allí donde había levantado un sutilísimo campamento para pasar sus veraniegas noches de desalojada. Brunilda tuvo que darle unos pesos al encargado y hacerle un regalito a la divina de su mujer para que la historia de la sobrina okupa no trascendiera y en el edificio no echaran a la del tercero A (sí, hasta yo sé dónde vive) que, parece, es un peligro para el resto de los vecinos.
No me venían a la memoria más ejemplos que ilustraran lo confiada que es Brunilda, pero recién (las casualidades no existen, pero que las hay, las hay) acaba de llamarme por teléfono para encargarme un medicamento y, ya que está, contarme otra: desde hace un par de meses, cada vez que iba al banco para cobrar la jubilación, en la cuenta encontraba poco menos de la mitad de su sueldo. El misterio se resolvió hoy mismo y, como suele suceder cuando se trata de Brunilda, se resolvió por la delictiva: parece que ella una vez le dio los datos de su tarjeta a un chico macanudísimo que le dijo que era empleado del banco y… Bueno, para todos menos para Brunilda lo que sigue a esos tres puntos suspensivos es lo esperable.
Brunilda sufre una salidera bancaria, más o menos, cada seis meses. Quizás influya el hecho de que todo el barrio sabe que su documento termina en 0 y a qué sucursal del Banco Patagonia va en el 80 a cobrar la jubilación.
Brunilda subiría el índice de criminalidad hasta en Suecia, pero no es eso, o al menos no es eso solamente, de lo que quería hablar. Quería hablar de que la semana pasada vino y finalmente me contó una buena noticia: ella es la única heredera viva de sus padres, que le dejaron, por único legado, una casa en su Entre Ríos natal, una casa muy grande, tipo casco de estancia que para ella significa mucho porque es la casa en la que nació y se crió. Lamentablemente, su salud, deteriorada a fuerza de tanto disgusto, no le permite ir hasta allá a terminar los trámites de sucesión y toda esa historia; pero por suerte apareció un muchacho encantador que justo justo va a ese mismo pueblo y se ofreció a hacerle el trámite. Lo único que tiene que hacer ella es firmarle un poder para que él haga todo, absolutamente todo, en su nombre.

No pienso añadir ni una sola palabra a lo anterior. Me voy a quedar en completo silencio.
El mismo silencio libre de alertas en el que me quedé cuando Brunilda terminó de contarme, feliz, la historia. El mismo silencio que ahora escribo, hago crónica cómplice, inmoral.

Hay algunas discusiones que se resuelven, se ganan -o se pierden- en acciones, no en palabras. No sé cuál de las dos cosas acaba de sucederme.

viernes, 5 de agosto de 2011

batalla

Marcela era joven, muy joven, diecinueve años que pretendían aparentar más a fuerza de cansancio, pero no podían. No sé si fue mi detestable e involuntaria cara de psicoanalista en día franco, no sé si fueron sus ganas irrefrenables de hablar que yo no supe cómo coartar, pero lo cierto es que Marcela, a cuento de nada o casi nada, me hizo un resumen de su vida en veinte minutos que me dejó anonadada por su contenido, por un lado, y por su capacidad de síntesis por el otro; condensó en algunas palabras que espetó como si el hacerlo la liberara de algo, una vida que no por corta parecía carecer de complejidad. Marcela era una abanico de excesos, a los trece años, y para luchar contra el hastío de la media clase acomodada de Villa Devoto, había empezado una confusa carrera sexual, ‘todas las perversiones que puedas imaginarte’, me dijo ‘todas las viví’, e hizo un sucinto relevamiento que mi desparpajo no me alcanza para repetir; a los quince años y sintiendo que el mundo seguía cayéndose a pedazos, creyó en la liberación química de la angustia y se abocó a consumir todas las drogas que encontró a su paso; otros pocos años después cayó en la cuenta de que de nada se había liberado, de que seguía tan vacía como había empezado, y pensó (como se piensa pensó) que lo que precisaba era perpetuarse, que nada sino dejar una huella imborrable y humana en el mundo sería capaz de dotarla de sentido. Y tuvo un hijo.
La autobiografía oral de Marcela terminó con una sentencia que quedó tatuada en alguna inaccesible parte de mi espíritu, en mi museo de debacles, quizás; antes de irse, lacónicamente, como quien sabe todo me dijo ‘¿Y sabés qué descubrí? Que no era que yo no lo encontrara, es la vida la que no tiene sentido’.
Punto final para el desahogo.

Marcela se fue y me dejó dos cosas, físicas ambas. La primera: una sequedad en la boca, yo no había dicho una palabra, y sin embargo descubrí que al escuchar, muchas veces uno se cansa de hablar para adentro casi tanto como se agota de empatizar, uno se cansa. La segunda: el mareo. Como tragarse un huracán, sentir los techos de las moradas seguras girando enloquecidas por el cuerpo. Atestiguar cómo todo se licua.
Me llevó un tiempo la reconstrucción, después de toda catástrofe natural hay que coordinar voluntades, trabajar en conjunto, y lograr que yo trabaje conmigo fue una misión difícil; acostumbrada como estoy a la polémica y al cuestionamiento, la palabra ‘acuerdo’ es poco menos que una entelequia para mí.
Finalmente las aguas volvieron a su estatura habitual, sin embargo, y después de algún tiempo yo me encontré con la sentencia tranquilizadora grabada a las puertas de mi templo; todo lo que necesitaba era, como es siempre para mí, un consuelo. Una puerta entornada. Un espacio fortuito entre dos ladrillos de la gruesa pared externa de la casa. Ahí estaba, y esto era lo que decía.
Tallado hondo sobre el concreto, decía que si bien soy un soldado, una militante triste de que la vida, tal y como me enseñó Marcela, no tiene ningún tipo de sentido, jamás va a salir de esta boca, jamás va a escapar de estos dedos que el vivir, ese relevante acto de presentar batalla, tampoco lo tenga.

lunes, 4 de julio de 2011

el diario a diario

ANUNCIAN ESCASEZ DE GAS EN LOS HOGARES PORTEÑOS

Eso decía en su tapa el diario del cornetín militar y, después de leer el titular, supe, como si fuese una pitonisa con suerte, qué iba a pasar ese día. Con una precisión neuricirujánica (palabra que invento, a ver si compenso un poco todas las que mato) supe que en un momento no lejano de la mañana Silvia Coto iba a trasponer el pesado blindex de la farmacia, iba a comprarme el antidiarreico o el antiinflamatorio o el antiespasmódico o el sedante que compra con pasmosa regularidad (intuyo que cada una de las cosas que le vendo le produce la necesidad de otra, recreando así el viejo morderse la cola de una serpiente empastillada hasta las escamas) e iba a decirme con una desgraciada serenidad: “Es que en casa hace un frío de locos, porque no hay nada de presión de gas”.
No tuve que esperar mucho para que lo vaticinado se cumpliera con una exactitud de esas que generan desconfianza. Hoy fue el antidiarreico y el comentario, a lo mejor, agregó una coma entre “presión” y “de gas”; o tal vez la pausa haya sido ocasionada por la congestión pulmonar que el desabastecimiento calefaccionístico (sigo con el tema de la inventiva, aunque no sean muy originales, estas palabras cuentan como neologismos, y mi objetivo es una balanza comercial equilibrada, entre el idioma y yo) ya le estaba provocando y que, de paso, certificaba eso del:

RÉCORD DE AFECTADOS POR LA GRIPE

que anunciaba la página 24 del mismo matutino.

La lógica literaria que incumplo sistemáticamente, indica, sin embargo, que debería tratar de caracterizar primero a Silvia Coto, a quien originalmente llamábamos “changuito” y ahora, en general, le decimos simplemente Coto. Silvia lleva ese apellido improvisado no porque sea parte de la familia de las vacas y los hipermercados, no, lo lleva por pertenencia diaria, por rutina, porque Silvia Coto dos veces por día, una antes del mediodía y otra antes de la cena, se dirige a su supermercado homónimo, provista de su changuito (de ahí el apelativo anterior) y compra cosas que no podríamos precisar, más que nada, porque no nos interesa hacerlo. Llueva, truene o relampaguee, dos veces por día camina las cuatro cuadras que la separan del templo de los víveres y dos veces por día vuelve, indignada por unos precios que, de creerle, debería afirmar que suben por minuto. Silvia Coto, además de la cliente estrella del supermercado, es, de todas las personas que conozco, en la que más distancia hay entre la edad que aparenta tener y la edad que verdaderamente tiene, porque aparenta más de setenta y tiene apenas cincuenta, y no exagero en ninguno de los dos extremos. De todos modos, no quiero hablar en esta oportunidad de esa brecha que, cual foso de castillo feudal, se ha ido agrandando y llenando presumiblemente de cocodrilos y tal vez algunos dragones con el correr de los años, no. Hoy traigo a colación a Silvia Coto porque es el ejemplo más flagrante que conozco de una patología que, a falta de otra denominación homologada por ese auténtico bestiario moderno que pretende ser el DSM IV, he dado en llamar “hipocondría noticiosa”. Porque, debería aclararlo, a Silvia Coto siempre le pasa lo que dice el diario. Un siempre tan grande, que a veces da miedo, como dan miedo las cosas que se repiten con regularidad metronómica (cómo estoy innovando la lengua, hoy).
Redundar en ejemplos es lo mío, y así como el público ansioso espera el solo de trompeta del virtuoso jazzero, o la pirueta inútil del delantero habilidoso, yo me siento en la obligación de brindarles a mis lectores imposibles un sinfín (o “confín”, no hay que asustarse por la exageración, aunque creo que “confín” significa otra cosa) de situaciones que ilustran todo lo que dije anteriormente. Entonces:

NO HAY BILLETES DE $100 EN LOS CAJEROS

decía el titular, y ¿qué lamentaba como en una endecha mi patológica clienta? Que le habían pagado en billetes de $50.

DENUNCIAN IRREGULARIDADES EN LAS ELECCIONES

justo, justo en el cuarto oscuro no había boletas del partido al que ella quería votar, por eso tuvo que votar al candidato de la corriente ideológica exactamente opuesta.

ALERTAN SOBRE NUEVA MODALIDAD DE ROBO: LOS MOTOCHORROS

un sospechoso individuo trató de arrebatarle, o eso le pareció, el changuito, vacío, cuando iba hacia Coto.

EL CAFÉ PRODUCIRÍA CÁNCER DE ESTÓMAGO

desde el café con leche del desayuno ella está con una acidez inexplicable, y preocupante.

Y así en un etcétera que produce preocupación, hastío y, por qué no, una ligera angustia. Silvia Coto encarna el titular a diario y estoy segura de que hay alguna cajera del supermercado que, como yo, se pregunta qué tanto habrá de cierto en esa mímesis informativa que se nos presenta todos los días, en ese periódico primopersonal y parlante. Y, como yo, seguramente, se debe haber contestado que Silvia Coto es la mismísima encarnación de la sugestión informativo-doméstica (bueno, acepto que a lo mejor la cajera no usa exactamente estas palabras).
Pero no hay que creer que desestimo las consideraciones de mi clienta porque sí, o que no las sopesé en algún momento, considerando qué había de cierto en lo que ahora llamo su hipocondría. El problema es que las otras opciones que me quedaban, si saco a la patología, implican riesgos; la primera cae por el contundente y pesado peso de todo lo que es palmariamente incorrecto: esta opción estaría dada por la posibilidad de que el diario esté diciendo la verdad y le haya tomado el pulso no ya a toda la población sino a cada uno de sus particulares. El hecho es que ningún diario nunca dice ni ha dicho nada parecido ni remotamente a la verdad, y que en este particular momento histórico, si la mentira aceptara matices, podríamos decir que el diario que lee Silvia Coto miente como si fuese la corporización real que genera la sombra del concepto “mentira” en las paredes de la caverna platónica. Y creo que a lo mejor no exagero.
La otra opción, como siempre para mí es una opción, es la de la conspiración. Que no sea Silvia Coto la que imita al diario, sino el diario el que copia lo que le pasa a Silvia Coto, porque la está espiando, porque la está controlando, porque la tiene vigilada. Esta opción la descarto porque el hecho de que espíen a Silvia Coto, eventualmente y por algunos procedimientos cuya lógica no llego a entender, termina siempre derivando en que, en realidad, están buscando espiarme a mí, y eso me provoca vértigo y lo tengo prohibido por prescripción médica.
Una tercera opción, morigerante y morigerada me invitaría a considerar que Silvia Coto quizás sea justo el tester que elige el diario, el individuo que resume las características del promedio, y que es por eso que las noticias son como su diario, más que íntimo, público. Y que la distorsión respecto de la realidad general se produce, entonces, no por la animadversión políticamente intencionada de los titiriteros que manejan el periódico, sino por el mismo mecanismo que llevaría a errores, por ejemplo, en el índice de contaminación ambiental si el sensor estuviese puesto, vaya casualidad, en el escape de un camión mercedes benz 1114 de la década del 70. Esa opción la descarto, no por delirante, como me ha sido sugerido, sino por tibia, por mesurada, por medida.
La opción que resta es entonces la que adopto: Silvia Coto, todos los días, en mi hipótesis, recibe el diario por la mañana convertida en una tabula rasa a la que nada le afecta; las noticias del día anterior son recuerdos más antiguos y vagos, incluso, que el código de Hammurabi, como un temporal de viento que está muy, muy lejos del valle en el que ella desayuna con calma. De golpe, algo lee que la transita de arriba a abajo, la recorre. El siguiente momento de mi hipótesis, ya la encuentra en la calle, muñida de su chango, sintiendo cómo cae la bolsa adentro suyo, cómo hallaron a una mujer muerta en un baldío de Ensenada, cómo Meryl Streep o Glenn Close (nunca sé cuál es cuál, así que supongo que Silvia Coto tampoco) son firmes candidatas al óscar, cómo el técnico del equipo revelación del campeonato no va a anunciar la formación antes del clásico. Todo eso siente Silvia Coto cuando entra a la farmacia y dice fuerte, en mayúsculas, en letra de molde de ser necesario que hay un

CAOS VEHICULAR POR EL PARO DE TRENES

y compra el antiespasmódico que necesita para paliar los dolores que le produce el antidiarreico y se va. Y yo no necesito ni pensar qué es lo que le afecta del tránsito si Coto queda a tres cuadras y el changuito, que yo sepa, todavía va por la vereda. Yo entiendo inmediatamente que a cada cual su forma de encarnar la literatura: a ella le tocó vivir el pasquín, y yo también tengo mis lecturas hipnotizadoras, las que me dicen qué hacer, y que si me dicen que salte como un conejo, salto, y si me dicen “cacareá”, cacareo.

En cualquier caso, no siempre le tengo tanta paciencia a Cotito (como le decimos a veces, cariñosamente), y en muchas oportunidades, después de escuchar sus lamentos titulares, me limito a desear intensamente que algo la deposite bien lejos, en la estratósfera de ser posible, la próxima vez que

PONEN EN ÓRBITA UN NUEVO SATÉLITE METEOROLÓGICO

En el diario no hablaban de ti, Sabina. En el diario no hablaban de ti ni de mí, a lo mejor. Pero parece que hablaban de Cotito, eso sí.