Mi posmodernidad es muy limitada, tiene unos bordes profundos y anchos como el foso que rodea a todo castillo que se precie. Y, al igual que en esos fosos, en la frontera cercana de mi posmodernidad hay cocodrilos monstruosos, algún que otro dragón y algún que otro viejo esqueleto que me avisa (les avisa) sobre los peligros que implica cruzar lo que no debe ser cruzado.
Mi posmodernidad está rodeada de grietas inexpugnables por donde se la mire, la pobre. Está cercada. Pero a las fronteras se las mira de a una, necesariamente; por eso hoy sólo voy a hablar del mal. Porque sí, el relativismo de mi posmodernidad, su comprensión del otro y sus circunstancias se terminan acá nomás, en el momento en el que creo, anuncio y sentencio con puño férreo golpeando la mesa del texto, que el mal existe, que el mal es.
Creo que hay maldad, así, en líneas generales y creo que hay personas intrínsecamente malas, malvadas, malévolas. A la manera más arcaica creo que hay gente que trabaja para el mal, que opera con hilos invisibles instituciones miniatúricas o descomunales; creo que los hay.
Pero sin embargo, para ser tan antigua y tan maniquea, soy muy confiada. Así que, si bien creo que hay personas que trabajan para el mal, no creo conocerlas, dudo mucho que estén en contacto conmigo, que soy demasiado poco interesante para los planes universalistas del caos: no soy ni pura ni buena como para intentar corromperme, ni tengo la semilla, el gérmen de la maldad, como para pensar en tentarme o en convertirme. No tengo poder, no tengo dinero, no soy bella ni fea, no soy débil ni fuerte. A los fines del mal (¿sólo del mal?) soy intrascendente. Así que no espero toparme con él en mi cotidianeidad, y he ido, a lo mejor, en una de esas, perdiendo mi natural capacidad para reconocerlo. Me fui atrofiando, digamos.
Por eso no sospeché nada cuando conocí a Angélica. Angélica (sí, ese es su nombre, el mundo tiene una ironía para bautizar de la que yo carezco), es una visitante habitual de la farmacia. Una señora mayor, aquejada por un torturante dolor cervical, que no sobresaldría del resto si no fuera porque usa permanentemente un collarín para tratar de soportar su malestar (como siempre la ortopedia regalando toda su capacidad mnemotécnica). Una señora mayor, decía, a la que me fui acercando despacio: primero, su dolencia y mi empatía, la farmacia me dio una increíble tolerancia al discurso sobre el dolor, valoro y disfruto de mi tolerancia, así que: a mí me duele así, a mí asá, acá, acá y acá también. Después, la cercanía extraña, de cimientos no dichos, plagada de supuestos que dan los años, el verse una y otra vez, y suponer que el otro es de una manera; empezar intuyendo y terminar dando por sentado que el otro piensa lo mismo que uno. Seguro.
Pero llegó después el último elemento aglutinante, lo último que precisaba yo para terminar de confirmar que entre Angélica y yo el diálogo podía irse del medicamento, de la molestia, de la posología. Y entrar en un terreno boscoso y conocido por ambas: la poesía.
Porque Angélica es poeta.
Una poeta urgente, de esos a los que la inspiración asalta y deben escribir. Deben hacerlo, imperativo categórico, y tiene que ser en ese mismo momento. A Angélica la inspiración la asalta en el supermercado, en el cajero automático, en el masajista al que va al pedo desde hace años; en el 80 a las seis de la tarde cuando no hay lugar ni para el aliento; en la casa de la prima vieja y estropeada a la que hay que visitar aunque el Alzheimer no acuse recibo de la cortesía, en todos esos lugares ella siente, como un golpe, como una trompada que la empuja hacia el papel, la carilina, el ticket, la palma de la mano húmeda del sudor del mediodía, y tiene que escribir, tiene que copiar con letra puntuda y prolija lo que siente que le dictan.
Para mí, que amaso cada palabra con barro y sudor en la boca; a mí, que cuido esa única saliva como si estuviera en el desierto, esa furia poética me parece envidiable, ya quisiera yo algo de ese magma de palabras haciendo erupción. Y no esta canilla rota que ni se abre ni se cierra del todo para siempre.
Angélica escribe con furia. Con angustia. Con apuro.
Y sus poemas, pude comprobar cuando me los trajo (un día en el que haber sido testigo de uno de esos violentos arrebatos acrecentó la mutua confianza), eran buenos. Estaban cargados de imágenes sutiles y metáforas ambiguas. Algunos eran simples, unos pocos versos, y otros mucho más elaborados. Se percibía en todos, eso sí, un aire antiguo a alegoría. El tema es que, cada tanto me iba trayendo sus poemas nuevos y hablábamos sobre ellos, sobre la escritura, sobre escribir, y llegué a tomarles (a los poemas y a ella) cierto cariño, motivado, tal vez, por eso en común que nos unía.
El mal se mostró despacio, como si yo fuera un animal asustadizo y no quisiera alejarme, entonces un día me explicó un poema y me dijo que era para su madre enferma y que el verso que hablaba nubosamente de justicias era porque ella creía que su madre merecía su enfermedad, merecía su sufrimiento agónico. Yo pensé que hay madres guachas, sí, y que el resentimiento no sabe de diluciones en el tiempo ni de vínculos sanguíneos; pensé también que no hay vínculos sagrados. Pero al poco tiempo me dijo que ese verso, de otro poema, en el que hablaba vagamente de un dolor físico se refería al castigo que imaginó que podría provocarle al perro de su vecino, si tuviese los elementos (cortopunzantes, deduzco, por el texto) necesarios para hacerlo. Y poco después me mostró un hermoso poema moral que, me contó cuando terminé de leerlo, había sido inspirado por el testimonio radial de una mujer víctima de la violencia familiar. “Con este poema quise expresar lo que yo sé y siento: que toda mujer golpeada, en realidad, se lo merece, porque le gusta que le peguen, porque provoca al hombre para que él la faje”.
Ahí terminé de darme cuenta.
Pero con mi lentitud inveterada de siempre, me costó mucho tiempo cortar la relación, así que tuve que leer todavía muchos poemas más. Algunos me obligó el infortunio y mi clienta a saber por qué aberración estaban motivados, y me sentí mal. De otros, tuve la desgracia superlativa de que no me dijera nada, y entonces me vio obligada a sospechar, conjeturar, intuir, y me sentí peor, mucho peor.
Angélica es un agente del mal, y no sólo por el río de cadáveres y muerte que ocultan sus metáforas, no sólo por el catálogo de sentimientos bajos que la motiva a escribir, ni siquiera por el desfalco moral, la defraudación de la palabra que puede parecer el hecho de que enmascare lo horrendo tras la belleza. No, Angélica es, para mí, un agente del mal porque profanó un espacio que me era sagrado, me mostró que la palabra es una estafa, también, que es mentira de mentiras.
El efecto de semejante descubrimiento, era de esperarse, es contagioso. Y un signo de pregunta, ahora, sobrevuela todo lo que leo. Una hoz afilada acariciando el pasto tierno del texto. Una amenaza.
Sobrevuela también, necesariamente, todo lo que escribo.
Termino esto sin saber dónde poner el punto final, presa del mareo, el vértigo, el tembladeral
miércoles, 13 de junio de 2012
miércoles, 9 de mayo de 2012
pollera
Vos estabas caminando por la calle 2 en santa teresita, había mucha gente, muchísima. Entonces te quedaste mirando unos juguetes en un negocio y cuando te diste vuelta empezaste a seguir a la abuela, a la pollera de la abuela que caminaba por la calle, adelante. Cuando llegaste a agarrarte te diste cuenta de que no era la abuela esa señora sino una señora que tenía la misma pollera. Te asustaste mucho y no sabías qué hacer. Entonces llegó la abuela que te retó, te gritó y después te dio un abrazo. Vos llorabas y ella también.
Mi sobrina Lizi me cuenta esto incesantemente. Como todo artista de la narración, ya a sus cuatro años sabe perfectamente que la atmósfera lo es todo, así que para contarme esto me lleva a la habitación más apartada de la casa de la abuela del cuento que es, por supuesto, mi madre; no me deja prender la luz y hace que me siente en la cama. Pone su voz más truculenta y empieza a narrarme la verídica historia de mi pérdida. Una historia que no sé quién le habrá contado (aunque intuyo los propósitos aleccionadores por los que lo hizo) pero que se imprimió con tanta fuerza en su anecdotario que contármelo una vez, parece, no es suficiente. Así que cuando termina, después de que yo suelto alguna frase de tipo “qué interesante” o “mirá vos” y amago con irme, me agarra de la mano, me retiene con gesto desesperado y me dice: “Esperáaaaa, esperáa”.
Vos estabas caminando por la calle 2 en santa teresita, había mucha gente, muchísima. Entonces te quedaste mirando unos perritos…
Como si supiera de esta pasión mía por la variación mínima, altera algunos detalles, así que la pollera de mi mamá es a veces roja, a veces verde y a veces, incluso, azul con flores chiquititas, tal y como yo la recuerdo; a veces, se ve que de tanto perderme y encontrarme con mi mamá, de tanto bancarme la cagada a pedos y el abrazo, me agarra hambre, y entonces el negocio que produce mi distracción es un kiosco, por ejemplo. Como todo artista de la narración, a ella no le interesa en lo absoluto la verdad, así que las veces en las que traté, estúpidamente, de agregarle detalles que, pensé, agregaban precisión histórica y hasta documental al hecho, la propuesta no fue bienvenida, indefectiblemente fue rechazada con el más grande de los desdenes: la ignorancia.
El círculo virtuoso y perfecto de su narración, de otro modo incesante, se rompe cuando alguien nos reclama del otro lado de la casa, ese lugar menos teatral y peor iluminado en el que todos hacen como que el tiempo avanza, hacen como que yo volví, y no seguí a la pollera melliza a cuya dueña ahora, a lo mejor, llamo madre.
Hablando de circularidades, hoy Lizi, mi biógrafa circunstancial, me ayuda a traer a la memoria, a presentizar, a evocar a Hernán, un viejo cliente frecuente de estas cuatro paredes blancas muy blancas. Hernán, el anciano más educado del mundo (o al menos, del barrio) que venía a diario a cumplir con las exigencias de su mujer, un personaje sobre el que tendría también que escribir algo algún día, tal era la fascinación que ejercía sobre mí ese sujeto monstruoso, maravilloso y complejo que refería Hernán, otro evidente artista del relato circular. El tema con Hernán, además de su capacidad para fabular, es decir, de hacer fabuloso lo mundano, es que lentamente, trabajosamente y pacientemente se fue volviendo loco. Y estas no son mis palabras, poco afectas a pensar que la psicopatía es la excepción y no la regla, son las palabras del propio Hernán que, educado como es, me fue anunciando su locura progresiva, supongo que para evitar un escándalo que se parecería demasiado, para él, a una descortesía. Hernán se fue volviendo loco y yo lo fui viendo partir desde la orilla blanca muy blanca que es este mostrador. Lo despedí sin pañuelos que se agitan en el aire pero con la nostalgia cierta de ver un buque cuyo destino infalible es el hundimiento.
El hundimiento llegó, porque llega siempre, un día en el que Hernán entró a la farmacia y cambió los rituales circulares que interpretábamos tan bien, y los reemplazó por uno nuevo: con voz agitada, cansado, como si estuviese corriendo por la cubierta buscando por qué lugar del océano escapar del naufragio, me preguntó: ¿qué día es hoy?
Maquinalmente contesté un siete de febrero que no le sirvió, así que insistió: “no, pero, ¿qué día?”.
Lunes, contesté, con la satisfacción del que responde a una duda.
“No”. Me dijo, con impaciente tristeza, “que qué día es”.
Probé otras combinaciones, cifras, letras, en distintos órdenes; probé y probamos. Pero la caja fuerte no se abrió. No hubo caso. Ese día Hernán finalmente se fue, triste, pero con alguna esperanza. Y yo me quedé pensando en cuál sería la clave para desentrañar ese enigma.
Al día siguiente volvió y probamos. Yo había pensado, indagado, preparado preguntas y respuestas. Pero tampoco hubo caso.
El círculo pasó a hacer ese pero yo, presa de otras geometrías, agoté mi repertorio y mi capacidad de repetición. A la larga, a la pregunta de Hernán, respondía con un silencio, una mueca variable y el mismo eterno encogerme de hombros.
A la larga, entendí que no hay calendario posible cuando se está perdido. Y pensé en el tiempo imposible que habré pasado siguiendo a la pollera equivocada.
Tendría que preguntárselo a Lizi, la próxima vez que me cuente esa o alguna de las otras muchas veces que me he perdido y me perderé en mi vida.
Mi sobrina Lizi me cuenta esto incesantemente. Como todo artista de la narración, ya a sus cuatro años sabe perfectamente que la atmósfera lo es todo, así que para contarme esto me lleva a la habitación más apartada de la casa de la abuela del cuento que es, por supuesto, mi madre; no me deja prender la luz y hace que me siente en la cama. Pone su voz más truculenta y empieza a narrarme la verídica historia de mi pérdida. Una historia que no sé quién le habrá contado (aunque intuyo los propósitos aleccionadores por los que lo hizo) pero que se imprimió con tanta fuerza en su anecdotario que contármelo una vez, parece, no es suficiente. Así que cuando termina, después de que yo suelto alguna frase de tipo “qué interesante” o “mirá vos” y amago con irme, me agarra de la mano, me retiene con gesto desesperado y me dice: “Esperáaaaa, esperáa”.
Vos estabas caminando por la calle 2 en santa teresita, había mucha gente, muchísima. Entonces te quedaste mirando unos perritos…
Como si supiera de esta pasión mía por la variación mínima, altera algunos detalles, así que la pollera de mi mamá es a veces roja, a veces verde y a veces, incluso, azul con flores chiquititas, tal y como yo la recuerdo; a veces, se ve que de tanto perderme y encontrarme con mi mamá, de tanto bancarme la cagada a pedos y el abrazo, me agarra hambre, y entonces el negocio que produce mi distracción es un kiosco, por ejemplo. Como todo artista de la narración, a ella no le interesa en lo absoluto la verdad, así que las veces en las que traté, estúpidamente, de agregarle detalles que, pensé, agregaban precisión histórica y hasta documental al hecho, la propuesta no fue bienvenida, indefectiblemente fue rechazada con el más grande de los desdenes: la ignorancia.
El círculo virtuoso y perfecto de su narración, de otro modo incesante, se rompe cuando alguien nos reclama del otro lado de la casa, ese lugar menos teatral y peor iluminado en el que todos hacen como que el tiempo avanza, hacen como que yo volví, y no seguí a la pollera melliza a cuya dueña ahora, a lo mejor, llamo madre.
Hablando de circularidades, hoy Lizi, mi biógrafa circunstancial, me ayuda a traer a la memoria, a presentizar, a evocar a Hernán, un viejo cliente frecuente de estas cuatro paredes blancas muy blancas. Hernán, el anciano más educado del mundo (o al menos, del barrio) que venía a diario a cumplir con las exigencias de su mujer, un personaje sobre el que tendría también que escribir algo algún día, tal era la fascinación que ejercía sobre mí ese sujeto monstruoso, maravilloso y complejo que refería Hernán, otro evidente artista del relato circular. El tema con Hernán, además de su capacidad para fabular, es decir, de hacer fabuloso lo mundano, es que lentamente, trabajosamente y pacientemente se fue volviendo loco. Y estas no son mis palabras, poco afectas a pensar que la psicopatía es la excepción y no la regla, son las palabras del propio Hernán que, educado como es, me fue anunciando su locura progresiva, supongo que para evitar un escándalo que se parecería demasiado, para él, a una descortesía. Hernán se fue volviendo loco y yo lo fui viendo partir desde la orilla blanca muy blanca que es este mostrador. Lo despedí sin pañuelos que se agitan en el aire pero con la nostalgia cierta de ver un buque cuyo destino infalible es el hundimiento.
El hundimiento llegó, porque llega siempre, un día en el que Hernán entró a la farmacia y cambió los rituales circulares que interpretábamos tan bien, y los reemplazó por uno nuevo: con voz agitada, cansado, como si estuviese corriendo por la cubierta buscando por qué lugar del océano escapar del naufragio, me preguntó: ¿qué día es hoy?
Maquinalmente contesté un siete de febrero que no le sirvió, así que insistió: “no, pero, ¿qué día?”.
Lunes, contesté, con la satisfacción del que responde a una duda.
“No”. Me dijo, con impaciente tristeza, “que qué día es”.
Probé otras combinaciones, cifras, letras, en distintos órdenes; probé y probamos. Pero la caja fuerte no se abrió. No hubo caso. Ese día Hernán finalmente se fue, triste, pero con alguna esperanza. Y yo me quedé pensando en cuál sería la clave para desentrañar ese enigma.
Al día siguiente volvió y probamos. Yo había pensado, indagado, preparado preguntas y respuestas. Pero tampoco hubo caso.
El círculo pasó a hacer ese pero yo, presa de otras geometrías, agoté mi repertorio y mi capacidad de repetición. A la larga, a la pregunta de Hernán, respondía con un silencio, una mueca variable y el mismo eterno encogerme de hombros.
A la larga, entendí que no hay calendario posible cuando se está perdido. Y pensé en el tiempo imposible que habré pasado siguiendo a la pollera equivocada.
Tendría que preguntárselo a Lizi, la próxima vez que me cuente esa o alguna de las otras muchas veces que me he perdido y me perderé en mi vida.
martes, 27 de marzo de 2012
pantano
“Ahora estoy sola ya, nadie que me venga a visitar, nadie que me llame por teléfono, no sé para que tengo el teléfono, por alguna emergencia, por no dejar de tenerlo, porque sacar el teléfono sería como asumirlo, como perder las esperanzas del todo, aunque las esperanzas ya las perdí, qué se le va hacer, no tuve suerte en esta vida, estoy sola como un perro en una casa muy grande, enorme, una casa que desde que se murieron mis padres está cada vez más vacía, ya ni la limpio, es demasiado grande y ya no me importa, me hace sentir más sola”.
Yo no hablo hoy, yo no voy a decir ni siquiera una palabra, yo no tengo nada que decirle a esta pobre mujer, este proyecto amputado, no, yo me limito a mover mi cabeza de arriba para abajo para simular una comprensión y una piedad que no tengo. Porque hoy no me interesa, hoy no quiero saber, no tengo ninguna gana de escucharla; yo estoy pensando en por qué mierda no se va y le cuenta sus depresiones a alguien más, a cualquiera, que pare a alguien en la calle y le cuente sus miserias, que esta sola como un perro, que nunca conoció el amor, que extraña a más no poder a sus padres, esos seres únicos y maravillosos que la convirtieron hace casi un siglo en la ostra monstruosa que es hoy; que querría haber tenido hijos pero no pudo, que querría que algo le gustara en la vida, un poco al menos, no una pasión, pero una tarea aunque sea, tejer, bordar, algo. Pero no, no tiene ni tuvo nada y por alguna extraña razón le parece que a mí me importa saber algo de todo eso, no tiene ni tuvo nada salvo una casa enorme que se la está devorando y que es la prueba hecha cemento de un abandono autogestionado. Una casa fría y una mujer.
Por qué no se va, pienso yo que trato de retener una lágrimas de impotencia que quieren estallar, andate que vos no sos quién para disponer de mi tiempo, que no sos quién para disponer de mis oídos, andate porque no me pagan para escucharte, en el precio no estaba incluida la porción de mi cerebro que te estás consumiendo, andate vieja chota y que tu casa te chupe como un pantano, que no puedas salir, que el barro te haga el favor de ahogarte y de retirarte de una vez por todas del mundo de los vivos, andate y que tu casa te coma de una vez por todas, y que mastique tus huesos tal y como yo no puedo.
Andate.
No quiero ver espejos hoy, es mi derecho, no quiero escuchar lo que el oráculo tenga para decirme, porque ya lo sé, porque no hay nada que yo no sepa, porque mi teléfono no suena y mi casa está vacía, mi diminuta casa está realmente mucho más vacía que si nadie la habitara, porque están sólo mis pasos retumbando contra las paredes, y una mancha de humedad bestial imitando a un ser humano.
Andate profeta, nadie te quiere en esta tierra, dejame a mí descreer de horóscopos de la misma manera en que descreo de todo. Mi destino es mi plan oculto, y lo conozco mejor, muchísimo mejor que vos, que vos, bruja disfrazada de anciana, lo conozco perfectamente. Saberlo, no es mi tarea hoy, mi trabajo es más arduo, mucho más exigente que cualquier vaticinio, mi trabajo ahora es acostumbrarme; mi oficio es la resignación.
Yo no hablo hoy, yo no voy a decir ni siquiera una palabra, yo no tengo nada que decirle a esta pobre mujer, este proyecto amputado, no, yo me limito a mover mi cabeza de arriba para abajo para simular una comprensión y una piedad que no tengo. Porque hoy no me interesa, hoy no quiero saber, no tengo ninguna gana de escucharla; yo estoy pensando en por qué mierda no se va y le cuenta sus depresiones a alguien más, a cualquiera, que pare a alguien en la calle y le cuente sus miserias, que esta sola como un perro, que nunca conoció el amor, que extraña a más no poder a sus padres, esos seres únicos y maravillosos que la convirtieron hace casi un siglo en la ostra monstruosa que es hoy; que querría haber tenido hijos pero no pudo, que querría que algo le gustara en la vida, un poco al menos, no una pasión, pero una tarea aunque sea, tejer, bordar, algo. Pero no, no tiene ni tuvo nada y por alguna extraña razón le parece que a mí me importa saber algo de todo eso, no tiene ni tuvo nada salvo una casa enorme que se la está devorando y que es la prueba hecha cemento de un abandono autogestionado. Una casa fría y una mujer.
Por qué no se va, pienso yo que trato de retener una lágrimas de impotencia que quieren estallar, andate que vos no sos quién para disponer de mi tiempo, que no sos quién para disponer de mis oídos, andate porque no me pagan para escucharte, en el precio no estaba incluida la porción de mi cerebro que te estás consumiendo, andate vieja chota y que tu casa te chupe como un pantano, que no puedas salir, que el barro te haga el favor de ahogarte y de retirarte de una vez por todas del mundo de los vivos, andate y que tu casa te coma de una vez por todas, y que mastique tus huesos tal y como yo no puedo.
Andate.
No quiero ver espejos hoy, es mi derecho, no quiero escuchar lo que el oráculo tenga para decirme, porque ya lo sé, porque no hay nada que yo no sepa, porque mi teléfono no suena y mi casa está vacía, mi diminuta casa está realmente mucho más vacía que si nadie la habitara, porque están sólo mis pasos retumbando contra las paredes, y una mancha de humedad bestial imitando a un ser humano.
Andate profeta, nadie te quiere en esta tierra, dejame a mí descreer de horóscopos de la misma manera en que descreo de todo. Mi destino es mi plan oculto, y lo conozco mejor, muchísimo mejor que vos, que vos, bruja disfrazada de anciana, lo conozco perfectamente. Saberlo, no es mi tarea hoy, mi trabajo es más arduo, mucho más exigente que cualquier vaticinio, mi trabajo ahora es acostumbrarme; mi oficio es la resignación.
domingo, 26 de febrero de 2012
atizador
A veces pienso que la vida es lo que me pasa en los breves intervalos que me deja la lectura. A veces pienso que mi vida es mi lectura y el resto, sólo un compás de espera, el tamborilear de los dedos sobre la mesa mientras espero el libro nuevo, viejo, el mejor libro de todos: el próximo.
No sé cómo suele el resto dividir el tiempo cuando ordena su biografía. Hablo de la división que cuenta, de la importante, no la de horas, días y meses; hablo de la división interna. Hay gente que ordena los sucesos por domicilio, por ejemplo: “me acuerdo, eso fue antes de mudarme al departamento de la calle Pacheco, todavía vivía en Lugones”. Otra gente lo organiza por compañía: “Cuando pasó eso yo estaba saliendo con Gonzalo, me acuerdo”. Hay gente, también, que lo mide por trabajos: “Fue antes de que entre a trabajar a la empresa, todavía laburaba con mi viejo”. Todos medimos el tiempo de una forma personal, usamos una unidad íntima y de acuerdo a ella ordenamos nuestra historia para hacerla (fin último de toda historia y, me temo, de todo en este mundo) algo narrable.
Mi vida se cuenta en libros.
Sé cuándo decidí dejar la carrera de historia porque estaba leyendo El innombrable de Beckett.
Sé cuándo decidí irme a vivir sola porque estaba leyendo La música del azar, de Auster.
Sé cuándo quise escribir una novela porque estaba leyendo El llano en llamas, de Rulfo (creo, de hecho, poder marcar la página).
El método funciona para los grandes hitos de la vida, sí, pero también para los más pequeños: sé cuándo tuve la última patada al hígado porque estaba leyendo Los jardines de Kensington de Fresán, por ejemplo. (y bajo ningún punto de vista asocio una cosa con la otra, aclaro).
Mi vida se cuenta en libros y a veces no sé si, en realidad, no estaré forzando el verdadero significado de las palabras cuando escribo “vida” y “libros” así, separadamente.
Más adelante, quizás, encuentre explicación este verano de 1990 que traigo a colación, con la casa de veraneo demasiado chica para la familia numerosa. La vacación que pasé leyendo mi primer libro de Agatha Christie (uno cuyo título no diré por razones obvias), y peleándome con mis hermanos por todo lo imaginable. La vacación que recuerdo por la lenta y esforzada lectura que le demandaba el libro a mis diez años que se empantanaban fácil, todavía, con todo aquello que no tuviera dibujos acompañando. La vacación que culmina, en mi memoria, en una pelea con mi hermana Cecilia por algún estúpido motivo que no sería, seguramente, más que un disfraz del hacinamiento. Una pelea que mi hermana decidió terminar con una frase que hasta el día de hoy me duele: señalando con el dedo índice el libro, esas doscientas páginas leídas hasta el momento que se habían llevado mi sangre, mi sudor y mis lágrimas, me dijo, a manera de venganza:
“Fue Jane. Lo mató con el atizador de la chimenea”.
Poco importó que yo no supiera qué es un atizador, y que la Yein que ella pronunciaba no fuese para mí identificable con la Jane, literal, de la que yo ya venía sospechando. Se me desmoronó la lectura y, en la versión narrable de mi historia que caprichosamente elijo, se terminaron con ese gesto mis vacaciones del año 1990.
El mismo gesto, juraría que el mismo índice señalando fue hoy el que me dejó Osvaldo antes de irse.
Osvaldo es un hombre encantador, aclaro, para que no se piense que el ademán trágico que me regaló es producto de su mala voluntad. Un hombre de unos cincuenta años que a menudo viene a la farmacia y con quien siempre, invariablemente, me quedo hablando de esa forma de periodización del tiempo que ambos compartimos: libros. Osvaldo ha leído muchísimo, mucha literatura rusa, alemana, libros de los que me encanta escucharlo hablar, quizás porque me cuesta leerlos, porque me empantano a veces, como me empantanaba, cuando intento su lectura. La desgracia (y los años de desatención) hicieron que la diabetes de Osvaldo lo dejara ciego hace algún tiempo. Y esa ceguera fue para él un castigo: no más libros o, al menos, no más la maravillosa, privada e irreemplazable sensación de leer, de pasar la vista por el texto y creer, por lo que dure el embrujo, que hay un sentido en la vida, al menos, que es decodificable. Leer es una conquista y Osvaldo vivió la ceguera como quien pierde la guerra y, para siempre, todo el territorio al que alguna vez llamó patria.
Como si no hubiese perdido, viene y me dice que Pushkin, que Gorki, que Tolstoi, que Mann. Y yo lo escucho como si fuera los dibujos que me salvan de caer en las arenas movedizas del texto, y pienso que es un hombre encantador y que si me fuera concedido el poder mágico en el que su literatura rara vez cree, le devolvería el don de la vista, nomás, para verlo leer.
Pero Osvaldo entró a la farmacia un día, un día en el que la noticia era una amputación segura y un destino en silla de ruedas. Y no quiso hablar de libros. Por supuesto. No quiso más que el horror mudo que se le escapaba de la boca demasiado abierta. Ensayé un consuelo, como siempre hago, más por tic que por razonamiento y le dije que Susana, su mujer, le dije que Anahí, su hija. Como el alarido seguía ahí, muy silencioso, me desesperé y pensé en escapar por la literaria, que es por donde suelo escaparme de todos lados, por otra parte. Y ahí, después de mi torpe, torpísima de torpeza absoluta alusión a los libros, él decidió terminar la conversación con una frase que hasta el día de hoy me duele, y mientras salía de la farmacia a tientas y con paso torpe, me dijo:
“Para lo que me han servido”.
“Para lo que me han servido”, y podría jurar que vi a su dedo índice señalando las doscientas hojas que –sangre, sudor y lágrimas- eran hasta el momento mi vida.
A veces pienso que “vida” y “libros” no son la misma palabra. Sin embargo podría jurar que: “Fue Jane. Lo mató con el atizador de la chimenea” y “Para lo que me han servido” son expresiones, en todo, absoluta y completamente idénticas.
No sé cómo suele el resto dividir el tiempo cuando ordena su biografía. Hablo de la división que cuenta, de la importante, no la de horas, días y meses; hablo de la división interna. Hay gente que ordena los sucesos por domicilio, por ejemplo: “me acuerdo, eso fue antes de mudarme al departamento de la calle Pacheco, todavía vivía en Lugones”. Otra gente lo organiza por compañía: “Cuando pasó eso yo estaba saliendo con Gonzalo, me acuerdo”. Hay gente, también, que lo mide por trabajos: “Fue antes de que entre a trabajar a la empresa, todavía laburaba con mi viejo”. Todos medimos el tiempo de una forma personal, usamos una unidad íntima y de acuerdo a ella ordenamos nuestra historia para hacerla (fin último de toda historia y, me temo, de todo en este mundo) algo narrable.
Mi vida se cuenta en libros.
Sé cuándo decidí dejar la carrera de historia porque estaba leyendo El innombrable de Beckett.
Sé cuándo decidí irme a vivir sola porque estaba leyendo La música del azar, de Auster.
Sé cuándo quise escribir una novela porque estaba leyendo El llano en llamas, de Rulfo (creo, de hecho, poder marcar la página).
El método funciona para los grandes hitos de la vida, sí, pero también para los más pequeños: sé cuándo tuve la última patada al hígado porque estaba leyendo Los jardines de Kensington de Fresán, por ejemplo. (y bajo ningún punto de vista asocio una cosa con la otra, aclaro).
Mi vida se cuenta en libros y a veces no sé si, en realidad, no estaré forzando el verdadero significado de las palabras cuando escribo “vida” y “libros” así, separadamente.
Más adelante, quizás, encuentre explicación este verano de 1990 que traigo a colación, con la casa de veraneo demasiado chica para la familia numerosa. La vacación que pasé leyendo mi primer libro de Agatha Christie (uno cuyo título no diré por razones obvias), y peleándome con mis hermanos por todo lo imaginable. La vacación que recuerdo por la lenta y esforzada lectura que le demandaba el libro a mis diez años que se empantanaban fácil, todavía, con todo aquello que no tuviera dibujos acompañando. La vacación que culmina, en mi memoria, en una pelea con mi hermana Cecilia por algún estúpido motivo que no sería, seguramente, más que un disfraz del hacinamiento. Una pelea que mi hermana decidió terminar con una frase que hasta el día de hoy me duele: señalando con el dedo índice el libro, esas doscientas páginas leídas hasta el momento que se habían llevado mi sangre, mi sudor y mis lágrimas, me dijo, a manera de venganza:
“Fue Jane. Lo mató con el atizador de la chimenea”.
Poco importó que yo no supiera qué es un atizador, y que la Yein que ella pronunciaba no fuese para mí identificable con la Jane, literal, de la que yo ya venía sospechando. Se me desmoronó la lectura y, en la versión narrable de mi historia que caprichosamente elijo, se terminaron con ese gesto mis vacaciones del año 1990.
El mismo gesto, juraría que el mismo índice señalando fue hoy el que me dejó Osvaldo antes de irse.
Osvaldo es un hombre encantador, aclaro, para que no se piense que el ademán trágico que me regaló es producto de su mala voluntad. Un hombre de unos cincuenta años que a menudo viene a la farmacia y con quien siempre, invariablemente, me quedo hablando de esa forma de periodización del tiempo que ambos compartimos: libros. Osvaldo ha leído muchísimo, mucha literatura rusa, alemana, libros de los que me encanta escucharlo hablar, quizás porque me cuesta leerlos, porque me empantano a veces, como me empantanaba, cuando intento su lectura. La desgracia (y los años de desatención) hicieron que la diabetes de Osvaldo lo dejara ciego hace algún tiempo. Y esa ceguera fue para él un castigo: no más libros o, al menos, no más la maravillosa, privada e irreemplazable sensación de leer, de pasar la vista por el texto y creer, por lo que dure el embrujo, que hay un sentido en la vida, al menos, que es decodificable. Leer es una conquista y Osvaldo vivió la ceguera como quien pierde la guerra y, para siempre, todo el territorio al que alguna vez llamó patria.
Como si no hubiese perdido, viene y me dice que Pushkin, que Gorki, que Tolstoi, que Mann. Y yo lo escucho como si fuera los dibujos que me salvan de caer en las arenas movedizas del texto, y pienso que es un hombre encantador y que si me fuera concedido el poder mágico en el que su literatura rara vez cree, le devolvería el don de la vista, nomás, para verlo leer.
Pero Osvaldo entró a la farmacia un día, un día en el que la noticia era una amputación segura y un destino en silla de ruedas. Y no quiso hablar de libros. Por supuesto. No quiso más que el horror mudo que se le escapaba de la boca demasiado abierta. Ensayé un consuelo, como siempre hago, más por tic que por razonamiento y le dije que Susana, su mujer, le dije que Anahí, su hija. Como el alarido seguía ahí, muy silencioso, me desesperé y pensé en escapar por la literaria, que es por donde suelo escaparme de todos lados, por otra parte. Y ahí, después de mi torpe, torpísima de torpeza absoluta alusión a los libros, él decidió terminar la conversación con una frase que hasta el día de hoy me duele, y mientras salía de la farmacia a tientas y con paso torpe, me dijo:
“Para lo que me han servido”.
“Para lo que me han servido”, y podría jurar que vi a su dedo índice señalando las doscientas hojas que –sangre, sudor y lágrimas- eran hasta el momento mi vida.
A veces pienso que “vida” y “libros” no son la misma palabra. Sin embargo podría jurar que: “Fue Jane. Lo mató con el atizador de la chimenea” y “Para lo que me han servido” son expresiones, en todo, absoluta y completamente idénticas.
lunes, 19 de diciembre de 2011
secreto
Que me cuenten un secreto es, para mí, una cárcel que otro me impone, en general, en virtud de sus propias faltas o delitos.
Pocas cosas me resultan menos halagüeñas y más atemorizadoras que esas graves confesiones que suelen estar encabezadas por frases como: “que no salga de acá”, “esto entre nosotros”, “te pido, eso sí, absoluta reserva”, “por favor, discreción sobre esto”, y las otras miles con las que la oralidad camufla el chisme. (y en la increíble variedad de estas expresiones que contabilizo y de las que acabo de mencionar tan sólo una muestra, leo la inacabable pasión que despierta en el ser humano el decir lo que, por naturaleza, no debería ser dicho).
Efectivamente, cuando alguien empieza a decirme que lo que me dicen no debo repetirlo, además de empezar a putear internamente por lo que me parece una decisión profundamente injusta, se prende en mí un cartel de alerta; porque para aquellos que tenemos una memoria lábil y selectiva como es la mía, contarnos un secreto es hacernos una doble exigencia, es exigirnos que recordemos el contenido –casi siempre polémico- de lo que se nos cuenta y demandarnos, además, que recordemos el significativísimo detalle de que no debemos repetir a los cuatro vientos (ni a uno solo, en realidad) eso que, por su misma naturaleza polémica llama, invita y nos emplaza a compartirlo, a comunicarlo, a discutirlo.
En definitiva, me molesta que me cuenten un secreto porque me cuesta espantosamente conservarlo y, en general, nadie me pregunta a priori si estoy dispuesta a realizar ese descomunal esfuerzo. Por lo general, entonces, fallo, como fallo casi siempre que algo me exige un descomunal esfuerzo. Y esto, que es una triste advertencia para mis conocidos y no tanto, es también una invitación a la reflexión, tanto para los emisores de secretos como para los receptores: ¿qué buscamos diciendo lo que decimos?, ¿cuánto queremos, sinceramente, que esa noticia no circule? y, por qué no, una más personal: ¿debemos imponerle a la comerciante barrial, digamos, la chica que atiende en la farmacia, por ejemplo, el pesado grillete de eso que estamos por contarle?, ¿lo amerita?, ¿tiene vinculación alguna con el rol que ella desempeña en nuestra vida o lo hacemos simplemente para soltar el lastre que alguien, a lo mejor, nos endilgó a su vez? ¿Estamos repitiendo con ella ese gesto mecánico de quien descarta un cadáver flojo de papeles en un descampado solitario para que, a lo mejor no, a lo mejor sí –ese ya no es nuestro problema- nadie lo encuentre?
Estas preguntas, todas, son las que circulan enloquecidas por mi mente, rebotando contra sus paredes acolchonadas cada vez que uno de esos desconocidos mentirosos que suelen ser los clientes frecuentes (condición ambigua, si las hay) decide soltar la bolsa de contenido dudoso sobre el mostrador de nuestra conversación, hasta ese momento regulada estrictamente por frases hechas.
Entonces el encabezado, el “te lo digo porque estamos en confianza”, el “eso sí, de esto que te voy a decir, ni una palabra a nadie”, o el “una tumba, con esto, por favor”.
Y el compromiso de recordar, de no decir; de retener y de callar.
Así tuve que no repetir, por ejemplo:
Que cuando el vecino de al lado, el del sexto piso viene y compra dos ejemplares del mismo perfume o el mismo par de aros, uno es para su mujer, y el otro para su novia. Y que esa mecánica le resulta muy útil, “para evitar confusiones”.
Que cuando el Arquitecto (así se presenta él, como si fuera el único) llama para encargar su pastilla especial para tratar la disfunción eréctil no debemos, bajo ningún punto de vista, enviársela a través de su esposa, que viene casi a diario. No debemos ni mencionar la existencia del encargo cuyos efectos, sospecho, no la tienen por destinataria.
No debo, ni por casualidad, decirle a la madre de la hija adolescente que la nena toma pastillas anticonceptivas; ni debo decirle a la hija que la madre tiene un novio con el que usa preservativos.
No debo decirle a otro padre que su hijo también toma antidepresivos, para no agigantar su propia depresión.
No debo decirle al marido que su mujer ya no se cuida, y que cambió la pastilla por el test de ovulación.
No debo decir tantas cosas, tantas cosas que siempre estoy al borde de olvidarme, que muchas veces pienso que más me valdría no emitir sonido alguno cuando hace su entrada un cliente. O que más les valdría a ellos ser sordomudos y casi ciegos como mi intrigante pero tranquilizador cliente del maletín.
Una vez estuve a punto de pisar el palito, una vez estuve a segundos de explotar, estuve a segundos de mandar uno de esos compromisos que nunca pedí bien mandado a la mierda.
Evelyn es jovencísima, ella y su madre (quien me pidió por favor que no divulgue la certera suposición de que a su hermano lo envenenaron) vienen seguido a la farmacia desde hace ya mucho. Digamos que cuando conocí a Evelyn era poco más que una nena, tomaba ibuprofeno en jarabe, todavía; así que me sorprendí enormemente el día que vino y me dijo, en tren de confesiones (ouch), que tenía un problemón, que el novio, su primer novio le había contagiado un HPV que le había agarrado con increíble virulencia, que por favor no le contara a la madre, que ella estaba yendo a un médico, se estaba haciendo un tratamiento costosísimo y dolorosísimo por igual. Me lamenté, por ella, por el HPV, por el tratamiento, y por el tiempo que llevo trabajando en la farmacia, que había pasado tan rápido como para que la pobre Evelyn saltara del antibiótico en suspensión a este mal trago sin que yo me diera por enterada del cambio. Recordé no mencionarle a su madre (a nadie, en realidad) este asunto y me limité a preguntarle discretamente si estaba mejor cada vez que venía sola a la farmacia.
El tiempo pasaba, sin embargo, y no había mucha mejoría para Evelyn, que un día me dijo –entre nos (ay)- que el problema era que el novio no quería someterse a la parte que le tocaba del tratamiento, que prefería seguir teniendo HPV; por esas cosas que tienen algunos hombres con su genitalidad, se negaba sistemáticamente a cualquier cuestión que obrase por la zona, no se sabe si asustado por la imaginaria posibilidad de que un tratamiento le genere la disfunción del arquitecto o por qué oscuro capricho. Para Evelyn, parece, la disyuntiva era cruel: o sanarse o seguir garchando con ese novio que empezaba a parecerme la mezcla insoportable e hiperhabitual de pelotudo y reverendo hijo de puta. No le dije, sin embargo, mi sincera opinión (y, por primera vez en este texto, no callé obedeciendo la orden o el pedido de nadie más, sino el mío propio, quizás ahora ya calle por reflejo condicionado) y me limité a condolerme de su penosa opción.
Pero a la cotidianeidad molesta del trabajo tiende a ponerme contra las cuerdas (económicas, morales, de mi paciencia) y por eso a todo este asunto le siguió aquel invierno que va a pasar a los anales del estudio de la paranoia como el invierno de la gripe porcina. Y los ánimos exaltados pusieron a muchos imbéciles los pelos de punta y a muchos, también, los puso en la farmacia. Fue este el caso del novio de Evelyn que un día entró como una tromba, arrastrando a su novia de la mano y me preguntó si teníamos barbijos -por esos días, el entelado y sacrosanto grial del estúpido-. No me sorprendió comprobar que, físicamente, era exactamente como lo había imaginado. Le contesté con la misma fingida calma que a todo el resto de los imbéciles que no, que no tenía y justo cuando estaba por empezar a explicar que, por otro lado, el barbijo no tenía sentido salvo que él fuese, por ejemplo, un trasplantado (y el trasplante de cerebro le hubiese venido bien), él arrancó a los gritos con una invectiva que provocó que, al terminar, no me sorprendiera comprobar que, mentalmente, era exactamente como lo había imaginado. El contenido de los gritos se resume, básicamente, en que todo esto era culpa del gobierno (¿?), que cómo podía ser que si él quería comprar barbijos para protegerse de tan peligrosa peste, el gobierno no le garantizase poder hacerlo. Que qué tenía que hacer él, ¿eh?, ¿ir al hospital público para obtenerlos? Porque a los negros sí que se los daban, los barbijos. El gobierno no nos cuidaba, no señor. Si era por el gobierno, que nos muriéramos todos, bien muertos.
Después de treinta segundos de soportar cómo la sangre iba toda hacia mi cabeza y de sentir que iba a explotar, literalmente, si no decía las dos palabras clave; después de medio minuto de feroz resistencia interior, el gen judeocristiano occidental logró imponerse y pude reprimirme, pude reprimirme como el dios de la biblia y el talmud mandan y logré evitar el “justo vos” que todavía hoy me atraganta.
Todavía hoy, que escribo esto con ningún objeto, todavía hoy que vuelvo a comprobar que la literatura no hace ninguna otra cosa más que repetir un gesto: tirar en un anónimo terreno baldío el cuerpo muerto del texto.
Sí, definitivamente, un secreto es una cárcel de la que a veces dan ganas de salir con la connivencia del comisario o del director de la penitenciaría, matar o robar, hacer un buen estrago ahí afuera y volver a entrar a la celda, solo, tranquilito, a seguir preso, nomás.
Pocas cosas me resultan menos halagüeñas y más atemorizadoras que esas graves confesiones que suelen estar encabezadas por frases como: “que no salga de acá”, “esto entre nosotros”, “te pido, eso sí, absoluta reserva”, “por favor, discreción sobre esto”, y las otras miles con las que la oralidad camufla el chisme. (y en la increíble variedad de estas expresiones que contabilizo y de las que acabo de mencionar tan sólo una muestra, leo la inacabable pasión que despierta en el ser humano el decir lo que, por naturaleza, no debería ser dicho).
Efectivamente, cuando alguien empieza a decirme que lo que me dicen no debo repetirlo, además de empezar a putear internamente por lo que me parece una decisión profundamente injusta, se prende en mí un cartel de alerta; porque para aquellos que tenemos una memoria lábil y selectiva como es la mía, contarnos un secreto es hacernos una doble exigencia, es exigirnos que recordemos el contenido –casi siempre polémico- de lo que se nos cuenta y demandarnos, además, que recordemos el significativísimo detalle de que no debemos repetir a los cuatro vientos (ni a uno solo, en realidad) eso que, por su misma naturaleza polémica llama, invita y nos emplaza a compartirlo, a comunicarlo, a discutirlo.
En definitiva, me molesta que me cuenten un secreto porque me cuesta espantosamente conservarlo y, en general, nadie me pregunta a priori si estoy dispuesta a realizar ese descomunal esfuerzo. Por lo general, entonces, fallo, como fallo casi siempre que algo me exige un descomunal esfuerzo. Y esto, que es una triste advertencia para mis conocidos y no tanto, es también una invitación a la reflexión, tanto para los emisores de secretos como para los receptores: ¿qué buscamos diciendo lo que decimos?, ¿cuánto queremos, sinceramente, que esa noticia no circule? y, por qué no, una más personal: ¿debemos imponerle a la comerciante barrial, digamos, la chica que atiende en la farmacia, por ejemplo, el pesado grillete de eso que estamos por contarle?, ¿lo amerita?, ¿tiene vinculación alguna con el rol que ella desempeña en nuestra vida o lo hacemos simplemente para soltar el lastre que alguien, a lo mejor, nos endilgó a su vez? ¿Estamos repitiendo con ella ese gesto mecánico de quien descarta un cadáver flojo de papeles en un descampado solitario para que, a lo mejor no, a lo mejor sí –ese ya no es nuestro problema- nadie lo encuentre?
Estas preguntas, todas, son las que circulan enloquecidas por mi mente, rebotando contra sus paredes acolchonadas cada vez que uno de esos desconocidos mentirosos que suelen ser los clientes frecuentes (condición ambigua, si las hay) decide soltar la bolsa de contenido dudoso sobre el mostrador de nuestra conversación, hasta ese momento regulada estrictamente por frases hechas.
Entonces el encabezado, el “te lo digo porque estamos en confianza”, el “eso sí, de esto que te voy a decir, ni una palabra a nadie”, o el “una tumba, con esto, por favor”.
Y el compromiso de recordar, de no decir; de retener y de callar.
Así tuve que no repetir, por ejemplo:
Que cuando el vecino de al lado, el del sexto piso viene y compra dos ejemplares del mismo perfume o el mismo par de aros, uno es para su mujer, y el otro para su novia. Y que esa mecánica le resulta muy útil, “para evitar confusiones”.
Que cuando el Arquitecto (así se presenta él, como si fuera el único) llama para encargar su pastilla especial para tratar la disfunción eréctil no debemos, bajo ningún punto de vista, enviársela a través de su esposa, que viene casi a diario. No debemos ni mencionar la existencia del encargo cuyos efectos, sospecho, no la tienen por destinataria.
No debo, ni por casualidad, decirle a la madre de la hija adolescente que la nena toma pastillas anticonceptivas; ni debo decirle a la hija que la madre tiene un novio con el que usa preservativos.
No debo decirle a otro padre que su hijo también toma antidepresivos, para no agigantar su propia depresión.
No debo decirle al marido que su mujer ya no se cuida, y que cambió la pastilla por el test de ovulación.
No debo decir tantas cosas, tantas cosas que siempre estoy al borde de olvidarme, que muchas veces pienso que más me valdría no emitir sonido alguno cuando hace su entrada un cliente. O que más les valdría a ellos ser sordomudos y casi ciegos como mi intrigante pero tranquilizador cliente del maletín.
Una vez estuve a punto de pisar el palito, una vez estuve a segundos de explotar, estuve a segundos de mandar uno de esos compromisos que nunca pedí bien mandado a la mierda.
Evelyn es jovencísima, ella y su madre (quien me pidió por favor que no divulgue la certera suposición de que a su hermano lo envenenaron) vienen seguido a la farmacia desde hace ya mucho. Digamos que cuando conocí a Evelyn era poco más que una nena, tomaba ibuprofeno en jarabe, todavía; así que me sorprendí enormemente el día que vino y me dijo, en tren de confesiones (ouch), que tenía un problemón, que el novio, su primer novio le había contagiado un HPV que le había agarrado con increíble virulencia, que por favor no le contara a la madre, que ella estaba yendo a un médico, se estaba haciendo un tratamiento costosísimo y dolorosísimo por igual. Me lamenté, por ella, por el HPV, por el tratamiento, y por el tiempo que llevo trabajando en la farmacia, que había pasado tan rápido como para que la pobre Evelyn saltara del antibiótico en suspensión a este mal trago sin que yo me diera por enterada del cambio. Recordé no mencionarle a su madre (a nadie, en realidad) este asunto y me limité a preguntarle discretamente si estaba mejor cada vez que venía sola a la farmacia.
El tiempo pasaba, sin embargo, y no había mucha mejoría para Evelyn, que un día me dijo –entre nos (ay)- que el problema era que el novio no quería someterse a la parte que le tocaba del tratamiento, que prefería seguir teniendo HPV; por esas cosas que tienen algunos hombres con su genitalidad, se negaba sistemáticamente a cualquier cuestión que obrase por la zona, no se sabe si asustado por la imaginaria posibilidad de que un tratamiento le genere la disfunción del arquitecto o por qué oscuro capricho. Para Evelyn, parece, la disyuntiva era cruel: o sanarse o seguir garchando con ese novio que empezaba a parecerme la mezcla insoportable e hiperhabitual de pelotudo y reverendo hijo de puta. No le dije, sin embargo, mi sincera opinión (y, por primera vez en este texto, no callé obedeciendo la orden o el pedido de nadie más, sino el mío propio, quizás ahora ya calle por reflejo condicionado) y me limité a condolerme de su penosa opción.
Pero a la cotidianeidad molesta del trabajo tiende a ponerme contra las cuerdas (económicas, morales, de mi paciencia) y por eso a todo este asunto le siguió aquel invierno que va a pasar a los anales del estudio de la paranoia como el invierno de la gripe porcina. Y los ánimos exaltados pusieron a muchos imbéciles los pelos de punta y a muchos, también, los puso en la farmacia. Fue este el caso del novio de Evelyn que un día entró como una tromba, arrastrando a su novia de la mano y me preguntó si teníamos barbijos -por esos días, el entelado y sacrosanto grial del estúpido-. No me sorprendió comprobar que, físicamente, era exactamente como lo había imaginado. Le contesté con la misma fingida calma que a todo el resto de los imbéciles que no, que no tenía y justo cuando estaba por empezar a explicar que, por otro lado, el barbijo no tenía sentido salvo que él fuese, por ejemplo, un trasplantado (y el trasplante de cerebro le hubiese venido bien), él arrancó a los gritos con una invectiva que provocó que, al terminar, no me sorprendiera comprobar que, mentalmente, era exactamente como lo había imaginado. El contenido de los gritos se resume, básicamente, en que todo esto era culpa del gobierno (¿?), que cómo podía ser que si él quería comprar barbijos para protegerse de tan peligrosa peste, el gobierno no le garantizase poder hacerlo. Que qué tenía que hacer él, ¿eh?, ¿ir al hospital público para obtenerlos? Porque a los negros sí que se los daban, los barbijos. El gobierno no nos cuidaba, no señor. Si era por el gobierno, que nos muriéramos todos, bien muertos.
Después de treinta segundos de soportar cómo la sangre iba toda hacia mi cabeza y de sentir que iba a explotar, literalmente, si no decía las dos palabras clave; después de medio minuto de feroz resistencia interior, el gen judeocristiano occidental logró imponerse y pude reprimirme, pude reprimirme como el dios de la biblia y el talmud mandan y logré evitar el “justo vos” que todavía hoy me atraganta.
Todavía hoy, que escribo esto con ningún objeto, todavía hoy que vuelvo a comprobar que la literatura no hace ninguna otra cosa más que repetir un gesto: tirar en un anónimo terreno baldío el cuerpo muerto del texto.
Sí, definitivamente, un secreto es una cárcel de la que a veces dan ganas de salir con la connivencia del comisario o del director de la penitenciaría, matar o robar, hacer un buen estrago ahí afuera y volver a entrar a la celda, solo, tranquilito, a seguir preso, nomás.
jueves, 17 de noviembre de 2011
canibale
Si hay algo que creo me caracteriza es la lentitud con la que atravieso por algunos procesos, cosas que a algunos les toman minutos aprender a mí me llevan meses, cuando no años. No sé exactamente cuál es la verdad oculta tras esta demora, no sé si es mi inoperancia o mi férrea e indoblegable tendencia a la negativa, quizás incluso sea la lamentable combinación de ambas cuestiones. Por eso no llama la atención que en la lógica de mi biografía yo haya descubierto las distintas edades del ser humano muy tardíamente. Me explico: descubrí a los niños recién cuando fui tía, cómo hice para llegar a cumplir los quince años sin reparar jamás en la existencia del submundo infantil, es una pregunta para la que no tengo respuesta; pero lo cierto es que en mi absoluta ignorancia muy pronto yo misma dejé de ser niña muy tempranamente, quizás por el natural apuro que implica tener hermanos mucho mayores, o quizás por ser naturalmente agrandada. Pero el tema es que no fue hasta que nació (y empezó a crecer) Lara que yo comprendí que un niño no era un demente en miniatura (algo así como los locos bajitos de Serrat pero considerablemente más siniestros) sino alguien con sus especificidades, especificidades que con el tiempo aprendería a preferir respecto de las del resto de la gente.
De la misma manera (o por lo menos, de forma parecida) me pasó con los viejos; yo conocía a muchos viejos porque mi familia está llena (cada vez menos, igual) de ellos, pero creo que siempre pensé que eran algo así como un adulto gastado, como un auto antiguo y con muchos kilómetros al que el service le queda cada vez más corto, y si antes tiraba cinco mil kilómetros, ahora tira mil, y mañana quinientos y a lo mejor te deja en la Panamericana.
El hito que cambió mi perspectiva sobre ellos, en esta oportunidad, fue el trabajo en la farmacia. Porque es cierto que a veces reniego de ellos, que muchos son insoportables y otros son lisa y llanamente malos (igual que pasa con los chicos, por otra parte) pero no fue sino hasta que empecé a trabajar en la farmacia (o alguuuun tiempo después, de acuerdo a mis habituales tiempos retardados) que logré entender algo de las particularidades del ser viejo. Sé algunas pocas cosas sobre la ancianidad, sí, y aprendí a tratar con los viejos gracias a pequeños tópicos que manejo con cuidado, delicadamente, como si fueran un objeto de un vidrio muy muy fino.
De todas las cosas propias de los viejos que aprendí a ponderar en su justa medida, mi favorita es la caída. Porque a partir de determinado momento en la vida de las personas, caerse es muchísimo más que acceder a la voluntad de la fuerza de gravedad, muchísimo más también que dar con los huesos contra el piso. Caerse no es ni siquiera algo que ocurra en el momento en el que sucede, porque caerse es todo el tiempo. Lo primero que aprendí sobre los viejos es que la caída no es un evento, ni siquiera es una circunstancia, no es un peligro ni sus consecuencias, la caída es un estilo de vida.
Todavía recuerdo el momento en el logré por fin entender el concepto, como uno recuerda para siempre las condiciones en las que se produjeron ciertos (grandes) descubrimientos: Amelia me hablaba seriamente, con sus grandes ojos claros bien abiertos, me hablaba de los riesgos que traía aparejada su excursión (casi) diaria a la farmacia, las baldosas rotas de la puerta del edificio, el cordón de la vereda irregular, los chicos que vuelven del colegio a la carrera, los adultos que van tan preocupados que ni se fijan, la portera de acá al lado que baldea cuando quiere, todo un mapa plagado de señales de alerta que a uno quizás le pasan desapercibidas, como escrito con tinta de limón, un plano alarmista que requiere la decodificación de un fuego que, intuí, sólo nos es dado con los años.
“Qué trabajo es ser viejo”, recuerdo haber pensado mientras me entretenía imaginando a Amelia como el gaucho baqueano de Sarmiento, conociendo palmo a palmo, topografía perfecta, la manzana que hay entre su casa y la farmacia. Pero era mucho más que eso lo que quería decirme Amelia esa tarde, era mucho más y, si bien soy lenta, si bien a veces demoro más de lo recomendable en entender cabalmente lo que me están diciendo, lo cierto es también que siempre cedo ante la insistencia, y fue la insistencia de sus ojos la que me hizo comprender, por fin, qué quería decir cuando decía la más temida de todas, la palabra “caída”, porque finalmente entendí que eso que yo estaba interpretando como un fenómeno correspondiente al mundo de lo físico, era en realidad una categoría más cercana a lo moral. Por fin comprendí que Amelia (y con Amelia el resto de los viejos) no estaba apelando a mi capacidad de imaginar un accidente en el orden de lo material, sino que estaba interpelando a mi capacidad para la épica.
Tengo que aclararlo: la épica es mi mundo o, mejor dicho, el mundo que a mí me interesa es el mundo visto desde una perspectiva épica; y no me refiero con esto a que necesite yo de los grandes relatos, las grandes gestas, no, yo creo que hay una épica en el mundo cotidiano, una épica doméstica, si se quiere, y es esa dimensión la que me interesa explorar, es ese el terreno en el que vivo.
Así que yo sabía qué era lo que me querían decir los ojos de Amelia, y lo sabía exactamente. Ese mismo día entendí que para los viejos la caída, que no es sólo una categoría del mundo material, es algo homologable a lo que yo, en mi habla plagada de épica doméstica, llamo derrumbe.
Amelia estudiaba la calle porque tenía miedo de que el edificio endeble en el que se había convertido, simplemente, se derrumbase.
La entendí. Lo entiendo. Y a partir de ese momento tuve en muy alta estima todas las conversaciones en las que el gran tema era la caída: cómo evitarla, cómo subsanarla, miles de relatos pormenorizados que interpreto e interpreté como la narración de la épica diaria, con la emoción calculadora de quien ve a otro haciendo la relación de daños de su gesta particular. El respeto.
Toda esta larga parrafada es, como suele ser cuando soy yo la que está hablando, sólo un prólogo a la historia que quiero contar hoy, y tendría que ver si esta exagerada tendencia al prolegómeno no es un disfraz de mi lentitud inveterada.
Hoy quiero contar la historia de Carnevale, un viejito sin estridencias que viene a veces a comprar, un viejito relativamente simpático, relativamente tranquilo, relativamente tacaño, que no levantaría la cabeza por sobre la irrelevancia del resto si no fuera por dos detalles; el primero es el tiempo que hace que lo conozco, como la gota que horada la piedra nadie puede pasar desapercibido por casi diez años en continuado, o a lo mejor sí, pero esa sería una particularidad, un detalle curioso y Carnevale no los tiene. El otro detalle que lo singulariza es que tiene que caminar usando un andador, y ese tipo de artefactos en la lógica bautismal del comercio acaban por metonímicamente reemplazar a todo el personaje, y así Carnevale en realidad era conocido en general como Andador, de la misma manera en la que están Ojo de Vidrio, Parkinson y Labio Leporino, entre otros. En otras condiciones, más felices, sería algo llamativo que yo trajese a colación a Carnevale, su monocromía no tiene la virtud de destacarlo de un fondo plagado de ancianos que vienen desde hace años y que, incluso, requieren de algún tipo de ortopedia para asegurar su traslado. Pero el tema es que las condiciones a veces no son felices y este es un flagrante ejemplo de ello.
Apenas hace algunas semanas alguien entró por la tarde trayendo la pésima nueva: Carnevale había muerto. Los ancianos clientes regulares se mueren regularmente en la farmacia, y ese axioma se cumple tan a rajatabla que termina por no causar excesivos pesares o sorpresas, seamos sinceros. Sin embargo, las particularidades de la muerte de Carnevale lo llevaron a destacar de una manera en que no había destacado mientras estuvo imparticularmente vivo. Porque el relato de la portera que baldea cuando se le da la gana era escalofriante: cerca del mediodía, mientras cruzaba las vías con su paso lento, el andador se trabó contra el durmiente, o se rompió o simplemente dejó de cumplir su cometido asistencial y Carnevale cayó. Lo que siguió a eso lo evito ahora como la portera del balde no me lo evitó en su momento. Pero digamos que el tren pasó antes de que nadie pudiera hacer algo para evitarle todo esto a Carnevale.
Una caída. Por supuesto. No tenían ni que decírmelo. Una caída.
Haciendo los rápidos y macabros cálculos forenses que corresponden descubrí que Carnevale volvía desde la farmacia hasta su casa, después de comprarme el medicamento que tomaba habitualmente para su arritmia y el descubrimiento me produjo una zozobra muy fuerte, un mareo. La posibilidad de ser la última persona con la que habló me provocó náuseas, y repasé mi conducta buscando falencias, y la de él buscando presagios, señales. Por supuesto que no había nada, los dos habíamos hecho y dicho maquinalmente lo que hacíamos y decíamos siempre y esa intrascendencia era demasiado, incluso para mi afición vinculada a la épica miniaturizante, no había nada. La náusea me duró un buen rato y después se pasó como estaba destinado a pasarse todo lo vinculado a la existencia de Carnevale.
Se pasó hasta ayer, cuando vino una mujer y pidió hablar conmigo, la que cubría el horario del mediodía. Me acerqué ya con un aire belicoso, dispuesta a discutir por algo de lo que no tenía la menor idea (el empleado de comercio, en general, hace muy bien en ser paranoico) hasta que la mujer me presentó su inquietud: era la hija de Carnevale, “el señor mayor, del andador”, me aclaró, ignorando tanto la tendencia metonímica como la generalización ortopédica que padecen los ancianos del barrio. Me contó los pormenores del accidente que terminó con su padre (pormenores que en mi piedad escritural omito nuevamente) y yo dejé que lo hiciera porque otra de las enseñanzas que me dejó este trabajo es que el único consuelo que hay en la tragedia es la narración, convertirlo en literatura para el oído atento sana, así que soy capaz de escuchar mil veces, de ser necesario, el relato de una muerte y esa es mi forma de dar el pésame. Lo que siguió al detalle puntilloso fue el desconcierto, fue la pregunta, la indagatoria que explicaba su visita: “Mi papá tenía en el bolsillo una receta, ¿había pasado por acá?”. Me apuré a responderle solícita que sí, que yo misma lo había atendido. Y justo cuando esperaba el pedido de los pormenores de la visita, justo cuando creía que me iba a preguntar por los posibles presagios o señales, ella me dijo: “¿Y no sabe si mi papá tenía algo más? ¿Llegó a comprarle el medicamento? Porque cuando lo fuimos a reconocer al hospital no tenía nada, ni plata, ni la billetera, ni los documentos, absolutamente nada más que la receta. Nada. Nada”. Y esa última palabra demoró en entrar en mi oído, remolona se quedó dando vueltas por algún otro lugar del cuerpo.
Nada.
De golpe la entendí, de golpe entendí que de esa palabra, en este momento y para esta mujer, estaba dependiendo todo el tambaleante edificio de su vida. De pronto comprendí que lo que me estaba pidiendo era mucho más que una simple respuesta, me estaba pidiendo un mundo en el que vivir no le provocara mareos, no le diera náuseas.
Nada.
Me estaba pidiendo no caer, no derrumbarse.
Y yo que entiendo de épica, sé del valor que se requiere para caer, y sé del trabajoso coraje que implica, a veces, mantenerse de pie.
Le dije:
“No, vino a averiguar un precio. Me dijo que después volvía a comprar, que ahora estaba sin nada”.
Sin nada.
De la misma manera (o por lo menos, de forma parecida) me pasó con los viejos; yo conocía a muchos viejos porque mi familia está llena (cada vez menos, igual) de ellos, pero creo que siempre pensé que eran algo así como un adulto gastado, como un auto antiguo y con muchos kilómetros al que el service le queda cada vez más corto, y si antes tiraba cinco mil kilómetros, ahora tira mil, y mañana quinientos y a lo mejor te deja en la Panamericana.
El hito que cambió mi perspectiva sobre ellos, en esta oportunidad, fue el trabajo en la farmacia. Porque es cierto que a veces reniego de ellos, que muchos son insoportables y otros son lisa y llanamente malos (igual que pasa con los chicos, por otra parte) pero no fue sino hasta que empecé a trabajar en la farmacia (o alguuuun tiempo después, de acuerdo a mis habituales tiempos retardados) que logré entender algo de las particularidades del ser viejo. Sé algunas pocas cosas sobre la ancianidad, sí, y aprendí a tratar con los viejos gracias a pequeños tópicos que manejo con cuidado, delicadamente, como si fueran un objeto de un vidrio muy muy fino.
De todas las cosas propias de los viejos que aprendí a ponderar en su justa medida, mi favorita es la caída. Porque a partir de determinado momento en la vida de las personas, caerse es muchísimo más que acceder a la voluntad de la fuerza de gravedad, muchísimo más también que dar con los huesos contra el piso. Caerse no es ni siquiera algo que ocurra en el momento en el que sucede, porque caerse es todo el tiempo. Lo primero que aprendí sobre los viejos es que la caída no es un evento, ni siquiera es una circunstancia, no es un peligro ni sus consecuencias, la caída es un estilo de vida.
Todavía recuerdo el momento en el logré por fin entender el concepto, como uno recuerda para siempre las condiciones en las que se produjeron ciertos (grandes) descubrimientos: Amelia me hablaba seriamente, con sus grandes ojos claros bien abiertos, me hablaba de los riesgos que traía aparejada su excursión (casi) diaria a la farmacia, las baldosas rotas de la puerta del edificio, el cordón de la vereda irregular, los chicos que vuelven del colegio a la carrera, los adultos que van tan preocupados que ni se fijan, la portera de acá al lado que baldea cuando quiere, todo un mapa plagado de señales de alerta que a uno quizás le pasan desapercibidas, como escrito con tinta de limón, un plano alarmista que requiere la decodificación de un fuego que, intuí, sólo nos es dado con los años.
“Qué trabajo es ser viejo”, recuerdo haber pensado mientras me entretenía imaginando a Amelia como el gaucho baqueano de Sarmiento, conociendo palmo a palmo, topografía perfecta, la manzana que hay entre su casa y la farmacia. Pero era mucho más que eso lo que quería decirme Amelia esa tarde, era mucho más y, si bien soy lenta, si bien a veces demoro más de lo recomendable en entender cabalmente lo que me están diciendo, lo cierto es también que siempre cedo ante la insistencia, y fue la insistencia de sus ojos la que me hizo comprender, por fin, qué quería decir cuando decía la más temida de todas, la palabra “caída”, porque finalmente entendí que eso que yo estaba interpretando como un fenómeno correspondiente al mundo de lo físico, era en realidad una categoría más cercana a lo moral. Por fin comprendí que Amelia (y con Amelia el resto de los viejos) no estaba apelando a mi capacidad de imaginar un accidente en el orden de lo material, sino que estaba interpelando a mi capacidad para la épica.
Tengo que aclararlo: la épica es mi mundo o, mejor dicho, el mundo que a mí me interesa es el mundo visto desde una perspectiva épica; y no me refiero con esto a que necesite yo de los grandes relatos, las grandes gestas, no, yo creo que hay una épica en el mundo cotidiano, una épica doméstica, si se quiere, y es esa dimensión la que me interesa explorar, es ese el terreno en el que vivo.
Así que yo sabía qué era lo que me querían decir los ojos de Amelia, y lo sabía exactamente. Ese mismo día entendí que para los viejos la caída, que no es sólo una categoría del mundo material, es algo homologable a lo que yo, en mi habla plagada de épica doméstica, llamo derrumbe.
Amelia estudiaba la calle porque tenía miedo de que el edificio endeble en el que se había convertido, simplemente, se derrumbase.
La entendí. Lo entiendo. Y a partir de ese momento tuve en muy alta estima todas las conversaciones en las que el gran tema era la caída: cómo evitarla, cómo subsanarla, miles de relatos pormenorizados que interpreto e interpreté como la narración de la épica diaria, con la emoción calculadora de quien ve a otro haciendo la relación de daños de su gesta particular. El respeto.
Toda esta larga parrafada es, como suele ser cuando soy yo la que está hablando, sólo un prólogo a la historia que quiero contar hoy, y tendría que ver si esta exagerada tendencia al prolegómeno no es un disfraz de mi lentitud inveterada.
Hoy quiero contar la historia de Carnevale, un viejito sin estridencias que viene a veces a comprar, un viejito relativamente simpático, relativamente tranquilo, relativamente tacaño, que no levantaría la cabeza por sobre la irrelevancia del resto si no fuera por dos detalles; el primero es el tiempo que hace que lo conozco, como la gota que horada la piedra nadie puede pasar desapercibido por casi diez años en continuado, o a lo mejor sí, pero esa sería una particularidad, un detalle curioso y Carnevale no los tiene. El otro detalle que lo singulariza es que tiene que caminar usando un andador, y ese tipo de artefactos en la lógica bautismal del comercio acaban por metonímicamente reemplazar a todo el personaje, y así Carnevale en realidad era conocido en general como Andador, de la misma manera en la que están Ojo de Vidrio, Parkinson y Labio Leporino, entre otros. En otras condiciones, más felices, sería algo llamativo que yo trajese a colación a Carnevale, su monocromía no tiene la virtud de destacarlo de un fondo plagado de ancianos que vienen desde hace años y que, incluso, requieren de algún tipo de ortopedia para asegurar su traslado. Pero el tema es que las condiciones a veces no son felices y este es un flagrante ejemplo de ello.
Apenas hace algunas semanas alguien entró por la tarde trayendo la pésima nueva: Carnevale había muerto. Los ancianos clientes regulares se mueren regularmente en la farmacia, y ese axioma se cumple tan a rajatabla que termina por no causar excesivos pesares o sorpresas, seamos sinceros. Sin embargo, las particularidades de la muerte de Carnevale lo llevaron a destacar de una manera en que no había destacado mientras estuvo imparticularmente vivo. Porque el relato de la portera que baldea cuando se le da la gana era escalofriante: cerca del mediodía, mientras cruzaba las vías con su paso lento, el andador se trabó contra el durmiente, o se rompió o simplemente dejó de cumplir su cometido asistencial y Carnevale cayó. Lo que siguió a eso lo evito ahora como la portera del balde no me lo evitó en su momento. Pero digamos que el tren pasó antes de que nadie pudiera hacer algo para evitarle todo esto a Carnevale.
Una caída. Por supuesto. No tenían ni que decírmelo. Una caída.
Haciendo los rápidos y macabros cálculos forenses que corresponden descubrí que Carnevale volvía desde la farmacia hasta su casa, después de comprarme el medicamento que tomaba habitualmente para su arritmia y el descubrimiento me produjo una zozobra muy fuerte, un mareo. La posibilidad de ser la última persona con la que habló me provocó náuseas, y repasé mi conducta buscando falencias, y la de él buscando presagios, señales. Por supuesto que no había nada, los dos habíamos hecho y dicho maquinalmente lo que hacíamos y decíamos siempre y esa intrascendencia era demasiado, incluso para mi afición vinculada a la épica miniaturizante, no había nada. La náusea me duró un buen rato y después se pasó como estaba destinado a pasarse todo lo vinculado a la existencia de Carnevale.
Se pasó hasta ayer, cuando vino una mujer y pidió hablar conmigo, la que cubría el horario del mediodía. Me acerqué ya con un aire belicoso, dispuesta a discutir por algo de lo que no tenía la menor idea (el empleado de comercio, en general, hace muy bien en ser paranoico) hasta que la mujer me presentó su inquietud: era la hija de Carnevale, “el señor mayor, del andador”, me aclaró, ignorando tanto la tendencia metonímica como la generalización ortopédica que padecen los ancianos del barrio. Me contó los pormenores del accidente que terminó con su padre (pormenores que en mi piedad escritural omito nuevamente) y yo dejé que lo hiciera porque otra de las enseñanzas que me dejó este trabajo es que el único consuelo que hay en la tragedia es la narración, convertirlo en literatura para el oído atento sana, así que soy capaz de escuchar mil veces, de ser necesario, el relato de una muerte y esa es mi forma de dar el pésame. Lo que siguió al detalle puntilloso fue el desconcierto, fue la pregunta, la indagatoria que explicaba su visita: “Mi papá tenía en el bolsillo una receta, ¿había pasado por acá?”. Me apuré a responderle solícita que sí, que yo misma lo había atendido. Y justo cuando esperaba el pedido de los pormenores de la visita, justo cuando creía que me iba a preguntar por los posibles presagios o señales, ella me dijo: “¿Y no sabe si mi papá tenía algo más? ¿Llegó a comprarle el medicamento? Porque cuando lo fuimos a reconocer al hospital no tenía nada, ni plata, ni la billetera, ni los documentos, absolutamente nada más que la receta. Nada. Nada”. Y esa última palabra demoró en entrar en mi oído, remolona se quedó dando vueltas por algún otro lugar del cuerpo.
Nada.
De golpe la entendí, de golpe entendí que de esa palabra, en este momento y para esta mujer, estaba dependiendo todo el tambaleante edificio de su vida. De pronto comprendí que lo que me estaba pidiendo era mucho más que una simple respuesta, me estaba pidiendo un mundo en el que vivir no le provocara mareos, no le diera náuseas.
Nada.
Me estaba pidiendo no caer, no derrumbarse.
Y yo que entiendo de épica, sé del valor que se requiere para caer, y sé del trabajoso coraje que implica, a veces, mantenerse de pie.
Le dije:
“No, vino a averiguar un precio. Me dijo que después volvía a comprar, que ahora estaba sin nada”.
Sin nada.
viernes, 14 de octubre de 2011
bordolino
Y por suerte advertí de este amor mío (y no tan mío) por la repetición, porque quizás deba insistir involuntariamente (voluntariamente) sobre lo ya insistido. Quizás me aboque a mi afición preferida, la reincidencia, cuando cuente lo que necesito contar hoy. Cuando cuente lo que ya conté, pero distinto, pero ligeramente diferente, tal vez. Cuando empiece por contar que Valentino es, sin lugar a dudas, mi cliente favorito, que es muy viejito, bastante endeble y completamente ciego. Que es optimista hasta la exasperación y que es ese optimismo sin mesura, en una de esas, el que lo motiva a usar anteojos con aumento, el aumento más inútil del mundo. En una de esas Valentino piensa que si al don de la vista se le da por volver, más vale estar preparado; no lo culpo.
Copio la lógica reiterativa de Valentino, como él copia la mía, hoy mismo cuando me contó que cuento que, habiendo recientemente perdido la visión, a sus jóvenes veintiséis años, con una promisoria carrera como técnico mecánico por delante y con la capacidad de aprender “esas cosas que saben los ciegos, como el braille”, definitiva y tristemente por detrás, su madre murió, añadiendo tormentas y tormentos a lo ya inundado. Y él quedó solo con un perrito que era toda su alegría, un perrito que a veces es Bobby, y a veces Toby pero que siempre pero siempre se le pierde. El optimismo sin límites tiene un límite bien claro, y si bien se banca que nos quedemos ciegos, si bien se banca que se muera nuestra madre, parece que no se banca que se nos pierda el perro, aunque no recordemos bien cómo se llama, así que Valentino se deprimió. Bobby se perdió y Valentino salió como loco por su querido y topográficamente mnemotecnizado barrio de Villa Real a buscarlo. A veces durante diez días, a veces durante veinte, el hecho es que lo buscó tocando puerta por puerta y no logró dar con él; un par le quisieron meter perro por perro y le dijeron que tenían a Toby y lo hicieron entrar a la casa y le ofrecieron –primero-, lo invitaron –después-, y pretendieron obligarlo -por último- a llevarse a ese pequinés o a ese cusquito tan temido, el que se querían sacar de encima a como diera lugar. Pero Valentino no quería cualquier perro, puede ser que el nombre hoy no lo preocupe demasiado, pero en aquel entonces quería al Toby y sólo al Bobby. Así que siguió buscando. Y siguió buscando hasta que, sin proponérselo, entró a un colegio. El director de ese colegio resultó un tipo sensible y perceptivo, charló con él un rato y le tiró la posta: el problema que usted tiene es que está deprimido, quédese con nosotros un tiempo en el colegio que se va a sentir mejor y, ya que está aprende algunas cosas que le van a servir para la vida. A veces se queda como alumno, a veces se queda ayudando a los docentes y a los chicos, pero el asunto es que se queda.
Los chicos eran todos víctimas y sobrevivientes de la polio, cada uno con su grado de tullidismo, iban a ese lugar donde les enseñaban, además de a leer y a escribir, algún oficio. Los pibes que lo sacaron de la depresión estaban todos peor que él, pero tenían un sentido del humor extraordinario; las anécdotas al respecto rozan el límite del buen gusto, porque incluyen –de acuerdo al día- un muchacho con una pata de palo que jugaba muy bien al fútbol pero que cuando se calentaba porque le cometían una falta se la sacaba la prótesis y le daba de a piernazos al rival; o dos que tenían un pequeño show montado para los incautos (y Valentino lo fue), que empezaba con una discusión que se iba tornando violenta hasta que se armaba un auténtico catch que terminaba con uno de los dos (el que estaba en silla de ruedas) subiéndose las piernas inertes al cuello, trabándolas atrás de su nuca y gritando a viva voz: “Pero ¡mirá lo que me hiciste! ¡Me rompiste!”.
Esos eran los jóvenes amigos de Valentino, y su salida de la depresión se inició ahí nomás, cuando después de que el director lo presentara al resto, uno de ellos le anunció: “¿Qué Valentino ni Valentino? ¿Te la das de actor de Hollywood, vos? ¡De ahora en más vas a ser Bordolino!”. Y con el apodo vino la remontada, una remontada que duró unos años largos.
Largos años le duró la escuela a Valentino, y de esa experiencia tiene infinidad de historias que contar, las historias de los chicos (por usar su expresión más que por precisión cronológica) que iban, de los profesores e incluso del director, que se jubiló en algún momento impreciso, antes de la década del ’60, y murió quince días después, (que a veces son veinte y a veces cinco) porque quizás, sensible y perceptivo como era, notó que no tener nada que hacer, lejos de ser un sueño, puede ser muy una pesadilla.
Alguna vez me contó, por ejemplo, la historia de Juan Carlos, un muchacho adorable que no podía mover la mitad inferior de su cuerpo. Juan Carlos un día apareció con una novia macanudísima, super buena, a veces es linda, a veces, más o menos. Al año, diez meses, año y medio, apareció con esa misma novia, embarazada. El misterio de la concepción es enemigo de todo tipo de pregunta, le pasó a la virgen María, le pasa a cualquiera; así que nadie le preguntó a Juan Carlos cómo es que había sucedido algo así, qué clase de milagro se había obrado.
Pero la historia argentina está plagada de baches y de golpes, en el sentido más literal y brutal de la palabra: de piñas. Y vino un golpe militar, el de Onganía y con él cayeron las medidas políticas y económicas que tanto suelen gustarles a estos sujetos de sacos tan decorados. La dictadura consideró innecesario el colegio al que asistían Valentino, Juan Carlos y otros tantos, una pérdida de dinero y espacio para el Estado, así que lo cerró o, mejor dicho, lo tercerizó: lo trasladó a la casona de una dama más o menos notable de Villa Luro, que se ofreció a cuidar y educar a estos jóvenes por una suma de dinero in-módica que le abonaban mensualmente de buenísima gana sus amigos del ministerio. De más está decir que la experiencia resultó penosa, Valentino me contaba (recontaba) hoy, que la señora en cuestión ataba a los muchachos; le molestaba su andar de acá para allá así que les ataba la silla de ruedas a un radiador, por ejemplo, o a una columna y ahí los dejaba, hasta que se cumpliera su horario escolar, estar atados era todo lo que hacían; se hablaban de columna a columna, o de radiador a radiador, en voz muy baja, para no molestar a la dueña de casa que tenía una cierta tendencia a la irritabilidad.
Además, mire usted, la doña en cuestión tenía la posibilidad de emitir certificados de estudios completos, cosa que hizo a diestra y siniestra, por dinero, por quedar bien, o por lo que fuese. Si hasta la hija de ella, que era un desastre y quería hacerse partera sacó así el título, si la piba no podía ni sumar dos más dos, viera usted, y ahora se da unos aires, unas ínfulas.
Momento, acá interrumpo la historia de Valentino de la misma forma en que lo interrumpí en su momento. No hay que preocuparse por saber más de él, por saber hasta dónde iba a llegar con su relato porque Valentino siempre vuelve, de donde sea, de donde esté, y yo volveré con él.
Lo que me interesa en este caso es ver cómo las historias se entrelazan, y cómo la hija de la dama de Villa Luro es ahora tan dama como su madre; sin saber cuánto es dos más dos se hizo partera y ahora cada tanto entra a la farmacia con un aire de plumas y alfombra roja y rezonga porque yo no la atiendo rápido, porque no le gusta lo que le ofrezco, porque los precios (que evidentemente imagina que yo fijo) son demasiado altos, por todo, en definitiva. Por absolutamente todo rezonga la partera, que una vez me dijo que los jóvenes de ahora (y, en lo que yo bien podría considerar un elogio, me señaló) no saben lo que es el sacrificio, porque cuando ella iba a la escuela tenía que pasarse horas y horas estudiando, y no había ni tiempo de pensar en hacer estupideces como eso de tomar el colegio, qué idea más descabellada. Es-tu-diar, como hizo ella, eso es lo que necesitan estos mocosos. A ver si se les pasa lo burros.
Siempre me interesó la forma en la que se consolidan, se solidifican las versiones que inventamos sobre nosotros mismos, sobre nuestras biografías. ¿En qué momento exacto convertimos en oficial una historia (posible, real o ficticia, no sé qué diferencia hay entre estas palabras) sobre nuestro pasado? ¿Cuándo y cómo tiene lugar esa justicia retrospectiva por la que de golpe fuimos o hicimos (siempre en el pasado) eso que siempre quisimos haber sido o hecho?
Valentino siempre cambia un poco la historia que cuenta y ese asunto me tiene muy sin cuidado; a lo mejor está probando qué versión solidifica, cristaliza mejor. En cualquier caso prefiero sus versiones transitorias antes que la monolítica versión de los hechos que me presenta la partera. A mí y justo a mí, como si yo no supiera que el pasado es materia plástica, maleable, móvil. Como si yo no estuviera ensayando las versiones de mi propia historia cada vez que escribo.
Valentino siempre me pide que escriba su historia. Y reescriba. Y así.
Copio la lógica reiterativa de Valentino, como él copia la mía, hoy mismo cuando me contó que cuento que, habiendo recientemente perdido la visión, a sus jóvenes veintiséis años, con una promisoria carrera como técnico mecánico por delante y con la capacidad de aprender “esas cosas que saben los ciegos, como el braille”, definitiva y tristemente por detrás, su madre murió, añadiendo tormentas y tormentos a lo ya inundado. Y él quedó solo con un perrito que era toda su alegría, un perrito que a veces es Bobby, y a veces Toby pero que siempre pero siempre se le pierde. El optimismo sin límites tiene un límite bien claro, y si bien se banca que nos quedemos ciegos, si bien se banca que se muera nuestra madre, parece que no se banca que se nos pierda el perro, aunque no recordemos bien cómo se llama, así que Valentino se deprimió. Bobby se perdió y Valentino salió como loco por su querido y topográficamente mnemotecnizado barrio de Villa Real a buscarlo. A veces durante diez días, a veces durante veinte, el hecho es que lo buscó tocando puerta por puerta y no logró dar con él; un par le quisieron meter perro por perro y le dijeron que tenían a Toby y lo hicieron entrar a la casa y le ofrecieron –primero-, lo invitaron –después-, y pretendieron obligarlo -por último- a llevarse a ese pequinés o a ese cusquito tan temido, el que se querían sacar de encima a como diera lugar. Pero Valentino no quería cualquier perro, puede ser que el nombre hoy no lo preocupe demasiado, pero en aquel entonces quería al Toby y sólo al Bobby. Así que siguió buscando. Y siguió buscando hasta que, sin proponérselo, entró a un colegio. El director de ese colegio resultó un tipo sensible y perceptivo, charló con él un rato y le tiró la posta: el problema que usted tiene es que está deprimido, quédese con nosotros un tiempo en el colegio que se va a sentir mejor y, ya que está aprende algunas cosas que le van a servir para la vida. A veces se queda como alumno, a veces se queda ayudando a los docentes y a los chicos, pero el asunto es que se queda.
Los chicos eran todos víctimas y sobrevivientes de la polio, cada uno con su grado de tullidismo, iban a ese lugar donde les enseñaban, además de a leer y a escribir, algún oficio. Los pibes que lo sacaron de la depresión estaban todos peor que él, pero tenían un sentido del humor extraordinario; las anécdotas al respecto rozan el límite del buen gusto, porque incluyen –de acuerdo al día- un muchacho con una pata de palo que jugaba muy bien al fútbol pero que cuando se calentaba porque le cometían una falta se la sacaba la prótesis y le daba de a piernazos al rival; o dos que tenían un pequeño show montado para los incautos (y Valentino lo fue), que empezaba con una discusión que se iba tornando violenta hasta que se armaba un auténtico catch que terminaba con uno de los dos (el que estaba en silla de ruedas) subiéndose las piernas inertes al cuello, trabándolas atrás de su nuca y gritando a viva voz: “Pero ¡mirá lo que me hiciste! ¡Me rompiste!”.
Esos eran los jóvenes amigos de Valentino, y su salida de la depresión se inició ahí nomás, cuando después de que el director lo presentara al resto, uno de ellos le anunció: “¿Qué Valentino ni Valentino? ¿Te la das de actor de Hollywood, vos? ¡De ahora en más vas a ser Bordolino!”. Y con el apodo vino la remontada, una remontada que duró unos años largos.
Largos años le duró la escuela a Valentino, y de esa experiencia tiene infinidad de historias que contar, las historias de los chicos (por usar su expresión más que por precisión cronológica) que iban, de los profesores e incluso del director, que se jubiló en algún momento impreciso, antes de la década del ’60, y murió quince días después, (que a veces son veinte y a veces cinco) porque quizás, sensible y perceptivo como era, notó que no tener nada que hacer, lejos de ser un sueño, puede ser muy una pesadilla.
Alguna vez me contó, por ejemplo, la historia de Juan Carlos, un muchacho adorable que no podía mover la mitad inferior de su cuerpo. Juan Carlos un día apareció con una novia macanudísima, super buena, a veces es linda, a veces, más o menos. Al año, diez meses, año y medio, apareció con esa misma novia, embarazada. El misterio de la concepción es enemigo de todo tipo de pregunta, le pasó a la virgen María, le pasa a cualquiera; así que nadie le preguntó a Juan Carlos cómo es que había sucedido algo así, qué clase de milagro se había obrado.
Pero la historia argentina está plagada de baches y de golpes, en el sentido más literal y brutal de la palabra: de piñas. Y vino un golpe militar, el de Onganía y con él cayeron las medidas políticas y económicas que tanto suelen gustarles a estos sujetos de sacos tan decorados. La dictadura consideró innecesario el colegio al que asistían Valentino, Juan Carlos y otros tantos, una pérdida de dinero y espacio para el Estado, así que lo cerró o, mejor dicho, lo tercerizó: lo trasladó a la casona de una dama más o menos notable de Villa Luro, que se ofreció a cuidar y educar a estos jóvenes por una suma de dinero in-módica que le abonaban mensualmente de buenísima gana sus amigos del ministerio. De más está decir que la experiencia resultó penosa, Valentino me contaba (recontaba) hoy, que la señora en cuestión ataba a los muchachos; le molestaba su andar de acá para allá así que les ataba la silla de ruedas a un radiador, por ejemplo, o a una columna y ahí los dejaba, hasta que se cumpliera su horario escolar, estar atados era todo lo que hacían; se hablaban de columna a columna, o de radiador a radiador, en voz muy baja, para no molestar a la dueña de casa que tenía una cierta tendencia a la irritabilidad.
Además, mire usted, la doña en cuestión tenía la posibilidad de emitir certificados de estudios completos, cosa que hizo a diestra y siniestra, por dinero, por quedar bien, o por lo que fuese. Si hasta la hija de ella, que era un desastre y quería hacerse partera sacó así el título, si la piba no podía ni sumar dos más dos, viera usted, y ahora se da unos aires, unas ínfulas.
Momento, acá interrumpo la historia de Valentino de la misma forma en que lo interrumpí en su momento. No hay que preocuparse por saber más de él, por saber hasta dónde iba a llegar con su relato porque Valentino siempre vuelve, de donde sea, de donde esté, y yo volveré con él.
Lo que me interesa en este caso es ver cómo las historias se entrelazan, y cómo la hija de la dama de Villa Luro es ahora tan dama como su madre; sin saber cuánto es dos más dos se hizo partera y ahora cada tanto entra a la farmacia con un aire de plumas y alfombra roja y rezonga porque yo no la atiendo rápido, porque no le gusta lo que le ofrezco, porque los precios (que evidentemente imagina que yo fijo) son demasiado altos, por todo, en definitiva. Por absolutamente todo rezonga la partera, que una vez me dijo que los jóvenes de ahora (y, en lo que yo bien podría considerar un elogio, me señaló) no saben lo que es el sacrificio, porque cuando ella iba a la escuela tenía que pasarse horas y horas estudiando, y no había ni tiempo de pensar en hacer estupideces como eso de tomar el colegio, qué idea más descabellada. Es-tu-diar, como hizo ella, eso es lo que necesitan estos mocosos. A ver si se les pasa lo burros.
Siempre me interesó la forma en la que se consolidan, se solidifican las versiones que inventamos sobre nosotros mismos, sobre nuestras biografías. ¿En qué momento exacto convertimos en oficial una historia (posible, real o ficticia, no sé qué diferencia hay entre estas palabras) sobre nuestro pasado? ¿Cuándo y cómo tiene lugar esa justicia retrospectiva por la que de golpe fuimos o hicimos (siempre en el pasado) eso que siempre quisimos haber sido o hecho?
Valentino siempre cambia un poco la historia que cuenta y ese asunto me tiene muy sin cuidado; a lo mejor está probando qué versión solidifica, cristaliza mejor. En cualquier caso prefiero sus versiones transitorias antes que la monolítica versión de los hechos que me presenta la partera. A mí y justo a mí, como si yo no supiera que el pasado es materia plástica, maleable, móvil. Como si yo no estuviera ensayando las versiones de mi propia historia cada vez que escribo.
Valentino siempre me pide que escriba su historia. Y reescriba. Y así.
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